Death Valley


Era consciente de que tenía miedo. Sabía que hacer eso produciría en su cuerpo una horrible sensación, sin embargo, lo hizo: alzó la cabeza hacia el cielo ya oscuro empujándose hacia atrás como si quisiese ver las estrellas del revés. Miró profundamente, casi mareada, los puntos titilantes del cielo. Había más que otros días.
Las lágrimas brotaron de sus ojos, una vez más, mientras observaba aterrada el imperturbable mosaico nocturno de estrellas y satélites. La Luna sonreía a su manera detrás de ella y las diminutas personitas paseando cruzaban de un lado a otro sin pararse a buscar explicación a aquel cuadro.
Le hubiera gustado tumbarse en el banco de madera para dejar que el peso del cielo oprimiera su pecho, pero no pudo hacerlo, un sinfín de motivos se lo impidieron.
Mientras observaba el lento baile de los astros, el miedo decrecía y daba paso a otro tipo de miedos más reales. ¿Por qué las estrellas podían permanecer inmutables durante tanto tiempo y en este mundo todo era tan cambiante? ¿Por qué cuando conseguía sacar la cabeza del agua y dar una bocanada de aire, una mano “afilada” agarraba su brazo y la hundía de nuevo?
Las estrellas seguían palpitando.
Fue capaz de abandonar ese banco de madera para engañar al frío mientras intentaba domar  a su Mustang color canela: con fuerza y violencia pero sin hacerle daño. Unos minutos después el banco volvió a llamarla silenciosamente.
Su caballo, aún revuelto, daba coces y relinchaba sin parar. Era muy desagradable.
Cada topetazo del animal la hacía temblar; cada vez se sentía peor.
¿Era culpa de su caballo, que no paraba de revolverse y rebelarse sin control? ¿Era culpa de ella, que se sostenía, tambaleante, sobre algo inestable? ¿Era la culpa de alguien? ¿Existía la culpa?
No supo hallar la respuesta a estas preguntas, sólo era capaz de entender que no estaba bien. Nada más. Sin explicaciones, sin argumentos, sin razones. Simplemente estaba mal. 

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