Joey
Joey era un buen dinosaurio: tenía dos pequeños bracitos, unos cincuenta dientes de poderoso carnívoro y una larga cola para mantener el equilibrio mientras salía a buscar la cena. Todo iba bien en la vida de Joey. Tenía una escamosa esposa de cinco metros de altura, seis preciosos huevos a punto de eclosionar y un cuñado algo pesado (unas ocho toneladas) pero buena gente. Bueno, gente no: dinosaurio. Un día Joey iba de camino a su oficina, si por oficina entendemos paraíso cretácico húmedo y lleno de carne por devorar, a buscar unos informes proteicos cuando vio un punto brillante en el cielo. En ese preciso instante dio la vuelta tan rápido como pudo, como si dentro de 65 millones de años alguien fuese a relatar en un blog la historia de su vida, y dijo a su esposa: «Querida, eres la más hermosa criatura depredadora y, ocasionalmente, carroñera que ha habitado este extraño paraje mesozoico. Quiero que mires esa gigantesca estrella del cielo y la retengas en tu primitivo...