Entradas

Mostrando entradas de abril, 2016

Joey

Joey era un buen dinosaurio: tenía dos pequeños bracitos, unos cincuenta dientes de poderoso carnívoro y una larga cola para mantener el equilibrio mientras salía a buscar la cena.  Todo iba bien en la vida de Joey. Tenía una escamosa esposa de cinco metros de altura, seis preciosos huevos a punto de eclosionar y un cuñado algo pesado (unas ocho toneladas) pero buena gente. Bueno, gente no: dinosaurio. Un día Joey iba de camino a su oficina, si por oficina entendemos paraíso cretácico húmedo y lleno de carne por devorar, a buscar unos informes proteicos cuando vio un punto brillante en el cielo. En ese preciso instante dio la vuelta tan rápido como pudo, como si dentro de 65 millones de años alguien fuese a relatar en un blog la historia de su vida, y dijo a su esposa: «Querida, eres la más hermosa criatura depredadora y, ocasionalmente, carroñera que ha habitado este extraño paraje mesozoico. Quiero que mires esa gigantesca estrella del cielo y la retengas en tu primitivo...

Se muere

Uno es viejo y se muere; esas son las cosas que les pasan a los viejos, que se mueren porque les toca. Y piensa que la vida ha sido tan rápidamente lenta que apenas ha tenido tiempo para ver esa película que esperaba que pasaran por la televisión o para decirle a su hermano lo mucho que sentía haberle llamado cazurro aquel día. Pero es así, se muere uno y no hay tiempo para explicaciones, reclamaciones, quejas o sugerencias. Debería haber un buzón, pero no lo hay. Y tiene uno cincuenta años y se siente viejo, tan viejo como el otro viejo que se acaba de morir porque le tocó el turno, y le duele cada poro, hueso y pelo del cuerpo, mientras se vuelve gordo y cansado como la misma Pereza pero con la misma cantidad de cosas que hacer que la Avaricia y la Exigencia. Y, claro, uno casi pide que le den la vez para eso de irse al otro barrio.  Y el otro uno tiene cuarenta, ¡cuarenta palos! «¿Por qué a mí, si mi único pecado fue cumplir los 39?». Y es así eso de los números: el inf...