La vida (tercera) del gato gris
La noche era ya cerrada y, a pesar de ser primavera, hacía bastante frío. Serían las dos de la mañana cuando el gato salió espantado del callejón; el perro con el que quería jugar le mordió el muslo derecho hasta hacerlo sangrar. Caminó despacio por la acera, tiritando de frío y dolor, y tan impactado por lo que había ocurrido que apenas podía pensar en ello. Aunque el trayecto a casa no era largo, para él fue una eternidad; aquel con quien se cruzaba observaba atentamente y sin pudor cómo se tambaleaba y sollozaba. Cada vez hacía más frío... Él sabía perfectamente que no podía fiarse de los perros; son siempre malos con los gatos... Una vez estuvo en casa, el calor del hogar parecía no ser suficiente para calmar todo el frío que sentía, ese frío que no estaba solo en su piel. Cuando sus patas recuperaron la movilidad al completo, y sus bigotes, la sensibilidad, tuvo tiempo para preguntarse por qué... por qué ese perro, que parecía un amigo, le había sorprendido con ...