La vida (tercera) del gato gris
La noche era ya cerrada y, a pesar de ser primavera, hacía bastante frío. Serían las dos de la mañana cuando el gato salió espantado del callejón; el perro con el que quería jugar le mordió el muslo derecho hasta hacerlo sangrar.
Caminó despacio por la acera, tiritando de frío y dolor, y tan impactado por lo que había ocurrido que apenas podía pensar en ello. Aunque el trayecto a casa no era largo, para él fue una eternidad; aquel con quien se cruzaba observaba atentamente y sin pudor cómo se tambaleaba y sollozaba. Cada vez hacía más frío...
Él sabía perfectamente que no podía fiarse de los perros; son siempre malos con los gatos...
Una vez estuvo en casa, el calor del hogar parecía no ser suficiente para calmar todo el frío que sentía, ese frío que no estaba solo en su piel. Cuando sus patas recuperaron la movilidad al completo, y sus bigotes, la sensibilidad, tuvo tiempo para preguntarse por qué... por qué ese perro, que parecía un amigo, le había sorprendido con un mordisco que, si no hubiese podido esquivar, hubiera acabado con su vida... por qué él, como gato, no entendía la obsesión de los demás por ser tan fríos e independientes... por qué su gracioso caminar, con cuello y cola estirados, sus orejas, su ronroneo y su dulce maullar no eran suficientes para el resto... por qué si tenía siete vidas sentía que tras una decepción las perdía todas... por qué hubiera preferido que el perro acabase con él...
Quizá fueron la furia, la impotencia y el dolor quienes llevaron a este gato a pensar que su destino era caminar solo, aunque su corazón lo único que quisiera fuese jugar como el perro, volar como el gorrión y nadar sin preocupaciones como el pez. Fue por esto por lo que el gato siguió maullando cada noche, bebiendo de los charcos tras la lluvia, observando las mariposas en los jardines, acicalando su cola ante los niños que lo miraban con ternura, alzando su cabeza ante el paso del viento para que alborotase sus orejas, y siempre mostrando su herida en el muslo derecho para que todos pudieran verla, para que algunos se preguntasen cómo había llegado allí, para que pocos sintieran lástima y para que ninguno quisiera curarla.
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