Aquel principito me enseñó que lo esencial es invisible a los ojos. Más bien me lo enseñó su zorro domesticado, pero es igual. No he tenido mucho tiempo para pensar en todo eso que es invisible a los ojos ni en aquello que se ve con el corazón, pero hay algo que parece cuadrar en ese secreto. Por una parte, a ti te veo en las estrellas, en mis estrellas, en todas y cada una de ellas, y te imagino allí, evitando que el cordero se coma la hermosa flor. Y te añoro y escucho tu risa y pienso en que me has domesticado, porque para mí no eres uno más, y eso que hay muchos como tú. Siempre supe que todos los demás te veían como al resto, pero en mi cabeza eres único, no hay otro como tú. Por otra parte, el estar domesticado implica llorar cuando una serpiente amarilla nos muerde el tobillo, y eso siempre nos hace sufrir. Caíste como un árbol, sin dolor alguno, y tu cuerpo resultó tan ligero que desapareció enseguida. Apenas me dio tiempo a llorar. Creo que es el momento de a...