Cada día...
El camino parecía más largo a medida que avanzaba. Los árboles ennegrecidos se alzaban imponentes proyectando sus largas sombras sobre mí y los desgarradores graznidos de los cuervos perturbaban, por fortuna, el implacable silencio que reinaba en el lugar. Caminaba despacio, creyendo, quizá, que cualquier paso en falso podía hacerme caer en alguna sucia ciénaga llena de a saber qué fauna. Los últimos y casi imperceptibles rayos de sol se colaban vagamente entre el follaje iluminando las rocas del sendero que, con el musgo arraigado que tantas veces había visto allí, se confundían con el suelo. Mi camino siempre era igual, cuando parecía ser de día y que aquella espesura llegaba a su fin, un aura sombría y maloliente enredaba los zarzales y las hiedras con la suficiente eficacia y precisión para que yo jamás llegara a mi destino. Aquel laberinto de oscuridad y hedor (por qué omitir detalles), me sumía cada vez más en su juego, toda oportunidad de escapar era lo único que me mantenía e...