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Mostrando entradas de 2016

Los vendedores de fuego

He recorrido la ciudad en busca de un lugar en el que vendan sentimientos surtidos: solo quisiera comprar un poco de pasión, motivación y amor. Unos gramitos nada más. No he dejado de escudriñar Madrid prestando atención a los lugares donde, clandestinamente, me hice con un poco de vuelco en el corazón hace ya mucho tiempo, pero las nuevas leyes deben de haber acabado con estos alijos tan valiosos. He viajado en barco durante días mirando al horizonte, por si alguna barcaza cargada de unos cuantos kilos de emoción pudiera negociar conmigo y sacarme de este agujero, pero el mar se mantuvo en calma y azul, un eterno azul.  Me he acercado a quienes solían proveerme de mi dosis diaria de dopamina, pero ahora están limpios y son legales: trabajan para los ricos como el tigre para el jefe de pista. Incluso el mayor traficante de escalofríos ha dejado el callejón para vestir traje y servir al sistema.  Las leyes en contra de la empatía y la belleza del sentir son cada ve...

Nuevas tendencias

«¿Por qué me dejaría llevar por este tío?» se dijo Martha. La noche era tan oscura que apenas se podían ver desde la ventana los primeros árboles que rodeaban la gran casa de campo; una luna tenue y amarilla bañaba ligeramente las copas de los pinos y las nubes a su alrededor mientras los búhos ululaban en el denso bosque.  Una rama seca sacudió una de las ventanas del salón a la par que el crujir de matorrales se desplazaba hacia la puerta por fuera de la casa. -Derek, ¿eres tú? -gimió Martha-. ¡Derek, no tiene gracia! El rascar de las paredes cesó repentinamente y la joven se estremeció. Dado que la línea de teléfono llevaba cortada más de una hora, se limitó a acurrucarse en un extremo del sofá con la cara entre las rodillas, observando aterrorizada con el rabillo del ojo cómo el pomo de la puerta giraba lentamente. La puerta comenzó a abrirse y una figura se adentró en la sala con cautela. Era Derek. -¿Se puede saber qué haces ahí en el sofá, nena? Ni que hubie...

Suenan las campanas

Me senté a su lado y le anudé la pajarita lo mejor que pude; quería que estuviese mejor que nunca. Supongo que pensaba que en aquel momento todo iba a permanecer estático, como el final feliz de un cuento de hadas donde una boda soluciona todos los problemas, salvo que en este caso sería al revés. Le peiné el flequillo ligeramente con los dedos mientras lo miraba a los ojos, sonriente, cogiéndolo de la mano derecha con cierto nerviosismo.  Días antes pensaba que aquello no iba a suceder jamás, que me asaltarían las dudas en el último momento y abandonaría, como había hecho siempre, pero un ímpetu desconocido en mí se apoderó de mi cuerpo y me inspiró un mar de sentimientos y sensaciones maravillosas que me llevaron a hacerlo sin darme cuenta siquiera de lo que estaba ocurriendo. Y ahí estaba yo, sentada a su lado, como siempre había querido, viéndolo a él vestido de traje negro y pajarita resultona, con el pelo perfectamente engominado y los zapatos empapados en betún. Tod...

El porqué del procrastinar

El tiempo es como el agua: discurre por donde le es más fácil y, por lo tanto, en un único sentido. Si al tiempo se le pudiese aplicar un efecto Venturi, podríamos tirar de él fácilmente y llevárnoslo adonde quisiéramos, pero no es así. Lo que queda atrás se pierde para siempre y lo que está por venir nunca está sino al llegar.  Decía ya Epicuro que uno está muerto o está vivo pero nunca "en muerte", y eso es, precisamente, lo que nos lleva a procrastinar. La vida se vive sin morir jamás pues es la muerte un estado y no un proceso.  El tiempo se mueve en esa escalera mecánica llena de gente lenta y torpe de la que uno no puede bajarse y nos lleva hasta el final de ella sin parar jamás, por tanto lo que hagamos ahora estará hecho y, si hay que llegar arriba del todo, será siempre en el último momento. Si la sociedad se empeña en hacer hoy lo tedioso y dejar para mañana el placer, debe esforzarse mucho en pasar por alto que el final de esa escalera está cada día má...

Joey

Joey era un buen dinosaurio: tenía dos pequeños bracitos, unos cincuenta dientes de poderoso carnívoro y una larga cola para mantener el equilibrio mientras salía a buscar la cena.  Todo iba bien en la vida de Joey. Tenía una escamosa esposa de cinco metros de altura, seis preciosos huevos a punto de eclosionar y un cuñado algo pesado (unas ocho toneladas) pero buena gente. Bueno, gente no: dinosaurio. Un día Joey iba de camino a su oficina, si por oficina entendemos paraíso cretácico húmedo y lleno de carne por devorar, a buscar unos informes proteicos cuando vio un punto brillante en el cielo. En ese preciso instante dio la vuelta tan rápido como pudo, como si dentro de 65 millones de años alguien fuese a relatar en un blog la historia de su vida, y dijo a su esposa: «Querida, eres la más hermosa criatura depredadora y, ocasionalmente, carroñera que ha habitado este extraño paraje mesozoico. Quiero que mires esa gigantesca estrella del cielo y la retengas en tu primitivo...

Se muere

Uno es viejo y se muere; esas son las cosas que les pasan a los viejos, que se mueren porque les toca. Y piensa que la vida ha sido tan rápidamente lenta que apenas ha tenido tiempo para ver esa película que esperaba que pasaran por la televisión o para decirle a su hermano lo mucho que sentía haberle llamado cazurro aquel día. Pero es así, se muere uno y no hay tiempo para explicaciones, reclamaciones, quejas o sugerencias. Debería haber un buzón, pero no lo hay. Y tiene uno cincuenta años y se siente viejo, tan viejo como el otro viejo que se acaba de morir porque le tocó el turno, y le duele cada poro, hueso y pelo del cuerpo, mientras se vuelve gordo y cansado como la misma Pereza pero con la misma cantidad de cosas que hacer que la Avaricia y la Exigencia. Y, claro, uno casi pide que le den la vez para eso de irse al otro barrio.  Y el otro uno tiene cuarenta, ¡cuarenta palos! «¿Por qué a mí, si mi único pecado fue cumplir los 39?». Y es así eso de los números: el inf...

Diferente

Una voz resonó por toda la sala e hizo retumbar las cristaleras. Era una voz femenina, fuerte y decidida. A ella le pareció que aquel eco venía de arriba, pero, en realidad, procedía del centro de la habitación. -Mírate ahora. Estás tan confundida… Hace un tiempo no lo estabas y todo se mostraba claro ante tus ojos. Pero todo es diferente hoy; tú lo has hecho diferente. Y hablemos de ser distinto, de ser otro, de ser algo que los demás no puedan reconocer y les cause emoción descubrirlo… pues tampoco eres eso. Eres la confusión entre lo que eres y lo que quieres ser -la voz cesó unos instantes como si quisiese tomar aire después de aquel juicio. Antes eras tú, un tú mucho más sencillo y glorioso al mismo tiempo. No entendías de firmas ni axiomas, solo de aquello que querías para ti. Tu personalidad estaba en ti, no fuera; estaba en tus actos, no en tu piel. Y aquello era, precisamente, lo que te hacía diferente. Ahora siempre miras hacia afuera buscando aprobación, buscando el patio...