Los vendedores de fuego
He recorrido la ciudad en busca de un lugar en el que vendan sentimientos surtidos: solo quisiera comprar un poco de pasión, motivación y amor. Unos gramitos nada más. No he dejado de escudriñar Madrid prestando atención a los lugares donde, clandestinamente, me hice con un poco de vuelco en el corazón hace ya mucho tiempo, pero las nuevas leyes deben de haber acabado con estos alijos tan valiosos. He viajado en barco durante días mirando al horizonte, por si alguna barcaza cargada de unos cuantos kilos de emoción pudiera negociar conmigo y sacarme de este agujero, pero el mar se mantuvo en calma y azul, un eterno azul. Me he acercado a quienes solían proveerme de mi dosis diaria de dopamina, pero ahora están limpios y son legales: trabajan para los ricos como el tigre para el jefe de pista. Incluso el mayor traficante de escalofríos ha dejado el callejón para vestir traje y servir al sistema. Las leyes en contra de la empatía y la belleza del sentir son cada ve...