Los vendedores de fuego

He recorrido la ciudad en busca de un lugar en el que vendan sentimientos surtidos: solo quisiera comprar un poco de pasión, motivación y amor. Unos gramitos nada más.

No he dejado de escudriñar Madrid prestando atención a los lugares donde, clandestinamente, me hice con un poco de vuelco en el corazón hace ya mucho tiempo, pero las nuevas leyes deben de haber acabado con estos alijos tan valiosos. He viajado en barco durante días mirando al horizonte, por si alguna barcaza cargada de unos cuantos kilos de emoción pudiera negociar conmigo y sacarme de este agujero, pero el mar se mantuvo en calma y azul, un eterno azul. 

Me he acercado a quienes solían proveerme de mi dosis diaria de dopamina, pero ahora están limpios y son legales: trabajan para los ricos como el tigre para el jefe de pista. Incluso el mayor traficante de escalofríos ha dejado el callejón para vestir traje y servir al sistema. 

Las leyes en contra de la empatía y la belleza del sentir son cada vez más estrictas y, sinceramente, no creo que pueda mantener mi adicción por mucho tiempo. Solo de pensarlo ya siento mono de bailar hasta la madrugada. Se acabaron para mí el arte y el amor, el miedo a perder y perderse, las ganas de ver a quien está lejos, el vértigo ante el vacío y los abrazos analgésicos. A partir de ahora solo queda el ser puntual en las citas insustanciales, los besos fríos que son puro trámite y las charlas de relleno entre escenas de acción, una acción que nunca llega y solo deja un oscuro vacío de proporciones cósmicas. Las estrellas no volverán a brillar en esta ciudad nunca más, la música se irá apagando contra un muro que no para de crecer y la tristeza será solo un recuerdo de aquello que sentíamos cuando la felicidad se marchaba; los corazones ya no laten por aquí y los cerebros han conseguido doblegar a uno de sus hemisferios, que ha vendido su insumisión a cambio de un poco de comodidad. 

Si tan solo pudiera conseguir una buena cantidad de enamoramiento me colocaría hasta la sobredosis en el baño oscuro y maloliente de un bar céntrico y dejaría que encontrasen mi cuerpo tirado en el suelo, frío y muerto pero con una gran sonrisa que rezase en silencio «este es el brillo que alimenta a las estrellas».

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