Se muere
Uno es viejo y se muere; esas son las cosas que les pasan a los viejos, que se mueren porque les toca. Y piensa que la vida ha sido tan rápidamente lenta que apenas ha tenido tiempo para ver esa película que esperaba que pasaran por la televisión o para decirle a su hermano lo mucho que sentía haberle llamado cazurro aquel día. Pero es así, se muere uno y no hay tiempo para explicaciones, reclamaciones, quejas o sugerencias. Debería haber un buzón, pero no lo hay.
Y tiene uno cincuenta años y se siente viejo, tan viejo como el otro viejo que se acaba de morir porque le tocó el turno, y le duele cada poro, hueso y pelo del cuerpo, mientras se vuelve gordo y cansado como la misma Pereza pero con la misma cantidad de cosas que hacer que la Avaricia y la Exigencia. Y, claro, uno casi pide que le den la vez para eso de irse al otro barrio.
Y el otro uno tiene cuarenta, ¡cuarenta palos! «¿Por qué a mí, si mi único pecado fue cumplir los 39?». Y es así eso de los números: el infinito entre 39 y 40 pasa volando. Se ve mal ese uno, se mira y ve pasar las fiestas de los veinte, las carreras tras los hijos gateando por el pasillo camino del cubo lleno de lejía y los fines de semana en los que se iban al pueblo a no hacer nada. Ya le duelen las rodillas y, a ratos, las muñecas.
Bueno, uno tiene treinta y podría ser peor. Esperad, esos niños le acaban de llamar "señor". No, no puede ser peor. Antes una salía el sábado y, cuenta la leyenda, madrugaba el domingo para ir al gimnasio. Por algún extraño motivo el hecho de soplar una vela más ha terminado por desinflar sus pulmones y agrietar sus músculos. «Esa rodilla no me dolía antes, ¿verdad?».
Y uno tiene veinte, ah, veinte, esa gozosa edad de diversión, fiestas, locuras, amor, desenfreno y absolutamente nada que hacer. A no ser que tenga que estudiar para aprobar y tener muy buena nota y poder optar a una beca para hacer una carrera y un máster y obtener un título de algo que es, supuestamente, lo suyo y que ha tenido que elegir, como siempre, deprisa y corriendo porque el tiempo se acaba y hay que crecer y madurar y pensar y ser adulto y ser joven y vivir la mejor época de la vida y disfrutar el estudio y enamorarse de alguien porque sí y ser rechazado y frustrarse y correr y correr y correr sin parar porque algo llega más rápido según dijo alguien una vez, quizás un viejo de esos que se murió. Al menos, aún no le duele nada.
Y uno tiene diez años y juega con sus muñecas y casitas oculto en su habitación, tratando de esconder su afición de los abusones del colegio que se reirán de él si descubren que aún juega por las tardes en vez de salir con la bicicleta a robar en comercios chinos. Y a una le gustan las camisetas rosas con elefantes morados mirando la hierba pero no puede llevarlas en público si quiere que el resto de niñas no la maltrate por no llevar una primeriza e imperfecta raya negra en el ojo y el último berrido en moda juvenil. Le duele un poco la tripita, puede que le vaya a venir la primera regla.
Y uno acaba de nacer y está en la cuna mirando una especie de colgajo de colores con cerditos, monos y cuatro estrellas girando al son de una música bastante desagradable. Y viene mamá con sus manitas calientes a sacarlo de la cuna para enseñarlo a la familia, que está tan feliz... El tío le hace muecas, la abuela le hace cosquillas y el bebé se hace caca. Cosa de bebés esa de nacer y hacerse caca. La familia lo mira en presente, sin pensar en que será viejo y morirá como los viejos, sin darse cuenta de que, apenas unos años después, el resto de los niños del colegio lo llamarán infantil por llevar esas zapatillas luminosas que su tía le ha regalado con tanto amor y que adoraba hasta que estuvieron en el punto de mira de los otros. Ojalá fuésemos capaces de mirar en futuro para entender que tenemos que saltar hoy antes de que las rodillas nos digan adiós, que hay que poner esa película cualquier día a cualquier hora, sin pretexto y sin excusa, que debemos entender que el mañana será hoy muy pronto y que, por mucho que nos empeñemos en olvidarlo, el tiempo nunca mete la marcha atrás.
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