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«¿Por qué me dejaría llevar por este tío?» se dijo Martha. La noche era tan oscura que apenas se podían ver desde la ventana los primeros árboles que rodeaban la gran casa de campo; una luna tenue y amarilla bañaba ligeramente las copas de los pinos y las nubes a su alrededor mientras los búhos ululaban en el denso bosque. 

Una rama seca sacudió una de las ventanas del salón a la par que el crujir de matorrales se desplazaba hacia la puerta por fuera de la casa.

-Derek, ¿eres tú? -gimió Martha-. ¡Derek, no tiene gracia!

El rascar de las paredes cesó repentinamente y la joven se estremeció. Dado que la línea de teléfono llevaba cortada más de una hora, se limitó a acurrucarse en un extremo del sofá con la cara entre las rodillas, observando aterrorizada con el rabillo del ojo cómo el pomo de la puerta giraba lentamente. La puerta comenzó a abrirse y una figura se adentró en la sala con cautela. Era Derek.

-¿Se puede saber qué haces ahí en el sofá, nena? Ni que hubieras visto un fantasma.

La joven se levantó violentamente y lanzó un cojín al pecho de Derek. 

-¿Eres idiota? Casi me matas del susto. 

-¿Qué dices? He ido a mirar la línea de teléfono, ¿recuerdas? Parece que el cable está cortado; algún ratón lo habrá mordido. 

-¡Estoy harta de esto, Dek! Me traes aquí en plan romántico y resulta que la casa se nos cae encima:  las luces van y vienen, el teléfono no funciona, las puertas no cierran y las paredes no paran de crujir. Ah, ¡y cincuenta segundos no se consideran sexo!

-¿Pero eso qué tiene que ver?

-Que eres un paleto, eso tiene que ver.

Las luces del salón titilaron unos segundos para terminar apagándose de golpe. La verja metálica de la entrada principal chocó estrepitosamente contra la cerca. 

-¿Qué ha sido eso? -dijo ella-. Ve a mirar.

-No, nena. Yo no voy; estoy harto de hacerlo todo siempre. Eres una cría egoísta y te toca arrimar el hombro. 

-¡Imbécil! Yo me largo de aquí. 

Martha agarró su Jimmy Choo y su abrigo verde y se marchó de la casa. La verja metálica sonó una vez más y, acto seguido, un revolver de piedras en el suelo. 

-Te crees que vas a llegar muy lejos sin coche -murmuró el joven-. En dos minutos estará aquí llorando y agitando sus manitas de mono. Pues esto se acabó.

Los dos minutos se convirtieron en quince, pero el caminar sobre el suelo volvió a escucharse fuera de la casa y, enseguida, unos golpes en la puerta.

-Ya voy, estúpida. Te dejo que te quedes aquí -dijo mientras agarraba el pomo y lo giraba con violencia-, pero no pienses que...

Derek soltó el pomo y abrió la boca como caimán. Martha estaba sentada en una silla de madera frente a la puerta, parcialmente desnuda, con los intestinos trepando desde su vientre abierto hasta el cuello, donde se enrollaban a modo de bufanda. En su mano derecha se apoyaba un Jimmy Choo ensangrentado con algunas vísceras en su interior, y en su cabeza, que se descolgaba hacia atrás, la sangre daba color a sus labios y mejillas. 

Derek escapó a toda prisa hacia el garaje, arrancó su coche y se marchó del lugar para avisar a la policía y dejar que los medios de comunicación hicieran el resto. La noticia voló hasta la estratosfera en cuestión de horas y la brutalidad del crimen conmocionó al mundo a través de todos los medios. Los investigadores trabajaron en el caso durante meses y cada detalle de la escena del crimen se filtró a la prensa en menos de un año, pero nadie jamás supo quién había cometido tan horrible asesinato en aquella casa de campo.

Sin embargo, solo un genio podría haberlo hecho; un artista desató su creatividad aquella noche y se cubrió de gloria a partes iguales, y no fue otro que ¡el mismo Jimmy Choo!






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