Diferente

Una voz resonó por toda la sala e hizo retumbar las cristaleras. Era una voz femenina, fuerte y decidida. A ella le pareció que aquel eco venía de arriba, pero, en realidad, procedía del centro de la habitación.

-Mírate ahora. Estás tan confundida… Hace un tiempo no lo estabas y todo se mostraba claro ante tus ojos. Pero todo es diferente hoy; tú lo has hecho diferente. Y hablemos de ser distinto, de ser otro, de ser algo que los demás no puedan reconocer y les cause emoción descubrirlo… pues tampoco eres eso. Eres la confusión entre lo que eres y lo que quieres ser -la voz cesó unos instantes como si quisiese tomar aire después de aquel juicio.

Antes eras tú, un tú mucho más sencillo y glorioso al mismo tiempo. No entendías de firmas ni axiomas, solo de aquello que querías para ti. Tu personalidad estaba en ti, no fuera; estaba en tus actos, no en tu piel. Y aquello era, precisamente, lo que te hacía diferente.

Ahora siempre miras hacia afuera buscando aprobación, buscando el patio de butacas que te aplauda al acabar la función. Y eso es, mi muy señora mía, una gran mentira. Te has traicionado a ti misma y a quienes confiaban en ti. ¿Qué queda de ti en ese cuerpo de segunda mano que veo ahí, de pie en esta habitación fría y vacía?

Hubo un tiempo en que solía maravillarse el mundo ante muestras de valor y sinceridad como las nuestras, cuando la gente era honesta dentro y fuera de sí misma. Pero ahora todos os bastáis con el envoltorio y rogáis que esas miradas que chocan contra él penetren dentro, pero nunca lo hacen porque dentro no hay nada. Ya no hay nada -la voz se quebró un instante.

No sois tan fuertes como éramos antes. Nuestra armadura se forjaba con trabajo, sangre y mucho dolor, y era una coraza totalmente real, dura y permeable, a través de la que comunicábamos interior y exterior como si no hubiese nada entre medias. Vuestra armadura es de papel, un papel mojado lleno de palabras que os hacen reír e hinchar el pecho en sociedad pero que os desgarran cuando estáis solos. ¿Por qué ya no eres fuerte? ¿Por qué ya no dices lo que piensas sin miedo a lo que otros puedan pensar? ¿Por qué te conformas con un paliativo en vez de dar cura a lo que te duele?

Te pido, otra vez, que te mires. Llevas un disfraz de lobo siendo la abuelita. ¿Crees que la manada no se dará cuenta de quién eres? Te gusta rodearte de estúpidas niñas de capa roja que no saben distinguir entre un perro y una anciana… Por eso nos odias, porque sabemos la verdad; sabemos quién eres. Nosotros somos los lobos, aquellos que tienen fama de cenarse al más débil y a las viejecitas con disfraz, pero no somos como nos pintan. Solo te recordamos que ese pelaje es falso y que ayer pasaste toda la noche llorando por alguien que, como siempre, no quiere nada de ti.

Esto no es una lección de comportamiento. No pretendo explicarte cómo se colocan los cubiertos en la mesa o cómo saludar a su majestad, la Reina de Corazones. No, es mucho más sencillo, como todo. Es un recordatorio de que ese baile de distracción que embelesa a los demás y les hace creer que eres quien no eres no funciona con nosotros. Nadie pretende que cambies, pero se agradecería que fueses sincera contigo misma porque, con el tiempo y las decepciones, ese continuo agitarse salpica y azota a esas personas que tan solo quisieron pasar tiempo contigo porque eras diferente, tú misma y, en conclusión, aquello que ya no eres.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?