El tesoro está bajo la cruz roja


-A propósito de esa pregunta le diré que no deseo nada, ¿qué podría desear? Llevo ya mucho tiempo sintiendo algo dentro de mí que no puedo explicar, y diría que he alcanzado la felicidad máxima; no la momentánea, sino la que es para siempre. Y sí, hoy se me ha presentado todo esto de una manera tan clara que hasta alguien como yo lo podría entender. El sol salió esta mañana antes de tiempo regando las nubes con un tinte rosado, y eso me recordó a aquel atardecer. ¡Cómo brillaban las olas naranjas al pie de aquel islote! Casi puedo sentir ahora la brisa fría del mar... Pero no, hoy ha hecho un buen día, un maravilloso día: el cielo nos ha mostrado su cara más azul y se ha bañado en unas pocas nubes algodonadas y deshilachadas. Aprovechando el último hálito caluroso del verano, me he sentado en un banco de madera bajo el sol para que mi helado se derritiera un poco más y que así pudiera beberlo. Unas gotas de nata con trozos de galleta han caído en mi pantalón dejando un reguero dulce y cremoso, ¿no es apasionante? Entonces, detrás de mí, han sonado sirenas de la policía y, al girarme, he contemplado numerosos coches y furgones con sus luces azules a la carrera entre los demás conductores. Cómo me gustan las aventuras... ¡Pero aún hay más que contar, caballero! La gente caminaba a mi alrededor, distraída, a veces seria. Señores con traje, mujeres con blusas elegantes, ancianos paseando... Y yo me he perdido en ellos. Por un momento, mientras escuchaba reggae, mi mente se ha colado entre toda esa gente, cuando mis ojos ni siquiera los miraban... Ha sido maravilloso... 

Pero no solo he estado sentada: he pasado un buen rato disfrutando de la compañía de mis amigos. Y me he reído, ¡vamos, que si me he reído! Ay, ay, ay, ay... Esta vida... Y se preguntará si hay alguien más aparte de mis amigos y el propio espectáculo que hago de este mundo. Pues sí, lo hay, y hoy, como todos los días, ha estado en mi cabeza a cada paso... 

¿Es todo esto, entonces, la felicidad máxima? ¿Se puede ser feliz para siempre comiendo helado y mirando las nubes? Creo que cuando se está en mi lugar, sí, aunque realmente no creo que pueda llegar a entender dónde estoy yo ahora. El trabajo ha sido muy duro y muy largo, porque hace doce años que empecé a pensar en ello... y al fin ha llegado. De hecho, hace ya unos meses que llegó, pero cada día es más evidente. No tengo miedo, señor, no tengo miedo de nada ni de nadie. No me preocupa estar sola, porque sé que me basto y me sobro para afrontar cualquier cosa sin que ninguno tenga que sostenerme. Me he demostrado ya mil veces que puedo hacer lo que quiera cuando quiera, ¡porque estoy suficientemente capacitada para eso! No me arrepiento de nada de lo que he hecho nunca porque creo que cada cosa que hice, la hice creyendo que era lo mejor y confiando plenamente en mí. Tampoco hay ya ningún “siempre tengo mala suerte”, “¿por qué a mí? o “nada me merece la pena”. Todo me merece la pena: cada nube, cada luz, cada gota de helado manchando mi ropa, cada palabra suya, cada risa con mis amigos, cada abrazo de mi familia, cada viaje en autobús, cada trago de agua fría, cada “gracias” de aquel a quien ayudo... No sé si la gente está acostumbrada a sentirse así, porque yo siempre he estado en el otro lado, pensando que mis problemas eran lo único importante en el universo, pero ahora es mi momento, y no puedo hacer otra cosa que no sea agradecer que haya llegado cuando aún tengo tiempo de hacerlo todo, de decirlo todo, de elegirlo todo y de cambiarlo todo. ¿La verdad? Soy feliz. Siempre. Y no pienso dejar que eso cambie nunca, pase lo que pase.

-Ya, si lo entiendo, señorita, y me parece fabuloso... pero, ¿va a querer algo?


-Pues ya que lo menciona, venga, va, un menú McPollo mediano.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?