Amor a primera flecha II
-¿Lo ves? ¿Es ese?
-¿Después de todo esto aún no sabes
quién es el tipo a quien le has arruinado la vida equivocándote de
flecha?
-Sí... y creo que eres tú -ríe.
-Mira, angelote de octava clase...
-Oye, oye, sin faltar.
-Hmm... perdona, es que estoy nervioso
-se quita el sudor de la frente aún con el arco en la mano-. Vale,
cuando cruce la puerta lo asaltamos.
-Se va a asustar.
-¿A mí qué me importa que se asuste?
¿Vas a seguir mis órdenes?
-Sí, señor -saluda como un militar.
-Bien, pues cuando yo te diga, lanza un
haz de luz a través de la tercera ventana de la derecha y manda unos
cantos elegantes.
-¿Cantos en plan Evangelino
Omnipresentis o más Misericordia Streisand?
-¿Tú crees que esta es ocasión para
poner a Evangelino Omnipresentis? ¿Quieres que se vuelva loco?
-Oye, y ¿todo esto es necesario? Lo de
la parafernalia, digo.
-Vaya pregunta, ¡pues claro! Al fin y
al cabo los humanos no saben nada de nuestro mundo; hay que hacer que
parezca misterioso, como un sueño. Si algún día llegasen a echar
un vistazo a lo que hay en este lado, perderían la poca cordura que
les queda.
-¿Es verdad que tú fuiste uno de
ellos?
-Esa es otra historia que no tiene nada
que ver con lo que hemos venido a hacer. Está a punto de entrar...
Tres -susurra-, dos, uno... ahora.
Las hojas de la tercera ventana del
cuarto piso se abren de par en par y las cortinas ondean al viento
celestial. Un haz de luz potente penetra en la habitación cegando a
Goyo, que solo puede taparse los oídos para que los coros
angelicales no le destrocen los tímpanos. Dos figuras elegantes, e
increíblemente hermosas entran a la habitación vestidas con un
traje blanco impoluto.
-¿De qué me has vestido? -pregunta el
inexperto ángel telepáticamente.
-Es un traje humano, imbécil. Con su
corbata, su chaleco y eso.
-Y, ¿esta forma?
-Forma de varón humano; para que nos
vea cercanos y confíe en nosotros.
-Poco puede confiar en los humanos,
creo yo...
-¡Humano! -dice el ángel en voz alta-
No debes tener miedo.
Goyo abre sus ojos de par en par y
retrocede unos pasos.
-Ya sé que en tus cincuenta años de
vida nunca has presenciado nada igual -continúa-, pero has sido
elegido para una misión que tu insignificante mente humana no puede
asimilar. Es por esto que debes colaborar sin oponer resistencia y
seguir todas nuestras instrucciones.
-Qué mentira gorda -apostilla el ángel
por telepatía.
-Yo, yo, yo -tartamudea el mortal-, yo
solo soy un pobre hombre cincuentón, gordo, con el poco pelo que me queda teñido para
no parecer tan viejo y con un trabajo mediocre en una inmobiliaria.
¿Por qué yo?
-Ehm... pueees... porque así lo ha
querido la Autoridad Suprema. ¿Cuestionas, acaso, las decisiones de
su Eterna Personalidad Omnipotente?
-No, no, jamás.
-Eso es lo que quería oír. Ahora
debes dejarnos acceder a tu alma.
-Y, ¿eso cómo lo hago?
-Eso, ¿cómo lo hace? -pregunta el
otro ángel, esta vez en voz alta.
-Pueeeees... abriendo el... o abriendo
la... -resopla- No lo tengo muy claro.
-¿Esto es una broma? -pregunta Goyo-
¿Eres Jaime? Jaime, cabrón, no tiene gracia.
-¡Que no soy Jaime! Soy... soy...
-Vamos a tener que decirle la verdad
-añade el siempre inoportuno ángel joven.
-Está bien... -suspira-. Soy Desmo,
ángel de tercera clase, y este es Eda, ángel novato.
-Yo soy...
-Goyo. Ya lo sabemos. Hemos venido aquí
por algo importante que, en principio, no tendría nada que ver
contigo si Eda no hubiese metido la pata.
-Ya estamos echando balones fuera, ¿eh?
Tú eras responsable de mí y no fuiste capaz de impedir que hiciera
el imbécil. Es culpa tuya. -replica Eda con sorna.
-Mira -levanta la mano en ademán de
darle una bofetada-, es que te daba hasta que se te cayese el halo.
-No te pongas así conmigo -ríe-;
además, esto me hará ganar mucha experiencia. A lo mejor me
ascienden a ángel de los niños.
-Ese es un nivel muy superior al tuyo,
no se asciende tan rápido.
-¿No te he dicho que mi tío es
adjudicador de méritos?
-Ya me estás enfadando. Vamos a lo que
vamos: Goyo, Eda ha cometido un error y tiene que ver contigo.
-¿Es por lo del papiloma de mi pie
derecho?
-No creo, no.
-A ver -interrumpe Eda-, somos ángeles
del amor. Suena cursi, pero lo somos. Tenemos unas flechas marcadas
con un número de serie, y según a quién se las lancemos y qué
número tenga cada una, los humanos se enamoran de una persona u
otra.
-¿Eso qué tiene que ver conmigo,
entonces?
-Pues que te he lanzado una flecha que
no era para ti, Goyo.
-Oh, vaya... -agacha la cabeza
ligeramente-. Eso es malo, intuyo. ¿De quién se supone que me he
enamorado y no debería?
-De Inmaculada García Enguídanos
-corean los dos ángeles.
-¡¿De Inmaculada?! ¡No puede ser!
Comentarios
Publicar un comentario
Elige tu comentario sabiamente...