Amor a primera flecha III

-A ver, Goyo, calma. ¿Conoces a esa mujer? -pregunta Eda con gesto de incredulidad.

-¿Que si la conozco? ¡Es mi jefa!

-Ay, Desmo, que la he liado bien.

-Bueno, tranquilidad, Goyo. Lo importante es que tu reacción ha sido de sorpresa, por lo que la flecha no parece haber hecho efecto aún. Al menos no completamente.

-A ver, pensándolo con frialdad, Inma no es tan horrible -añade Goyo.

-¡Hala, ya ha empezado! -Desmo se tapa la cara con las manos.

-Goyo, es ahora o nunca: tenemos que entrar en tu alma antes de que sea demasiado tarde.

-Antes de permitiros que cambiéis las cosas quiero haceros una pregunta: según habéis lanzado las flechas, ¿Inma me correspondería?

-Sí -responde Eda rápidamente.

-Pero cállate, imbécil, ¡que eso es información clasificada! -grita Desmo.

-Pues entonces no quiero que me hagáis nada. Ya era hora de que los de arriba se pusieran de acuerdo para hacerme feliz.

-No, Goyo -replica Desmo-, esto no funciona así. Nosotros hemos cometido un error y...

-Que no, Desno, Desto o como te llames. Si ni siquiera unos ángeles han podido evitar que yo encuentre el amor, es por algo. A lo mejor vosotros habéis cometido un error porque teníais que cometerlo.

-Eso no es así, lo siento. Debes dejarnos entrar.

-¿Qué pasaría si no lo hiciera? -pregunta Eda-. Quiero decir, ¿qué pasaría si alterásemos El Gran Plan?

-No lo sé, ni quiero saberlo. Goyo, que el universo siga siendo el que es depende de ti.

-Precisamente por eso no voy a dejaros entrar. Estoy harto de esta casa pequeña y oscura, estoy harto de que mi trabajo sea aburrido, estoy harto de que mis hermanos hayan heredado la belleza y el carisma; esto es lo más emocionante que me ha pasado en la vida, y no lo voy a dejar escapar. Si el universo deja de ser el que es, yo que me alegro.

-Ay, mi madre -Desmo empieza a respirar con fuerza por la boca. Toma mucho aire pero siente que no le llega a los pulmones-. Que se acabó -dice con la respiración entrecortada-, que nos hemos cargado todo. Somos los responsables del hundimiento de La Creación.

-A ver, Desmo -Eda apoya la mano sobre el hombro tembloroso del ángel-, seguro que tiene una solución. Nadie hubiera hecho un mundo donde todo pudiera venirse abajo por una tontería así, ¿no crees?

-Eso, tú métete con El Todo, ¡termina de condenarnos!

-No, quiero decir que nosotros somos lo último de lo último en la escala de personalidades místicas. Por encima de nuestro rango hay infinitos peces gordos que solo con mover un dedo podrían poner el mundo del revés. No te alteres; rellenamos un informe, lo mandamos al funcionario de turno y que todo el escalafón superior se devane los sesos buscando una solución a esto.

-¿Por qué eres tan simple siempre?

-Porque soy más listo que tú, aunque no te lo creas -sonríe.

-Bueno, Goyo, quédate en casa mientras nosotros solucionamos esto. No esperes que volvamos; las cosas celestiales no funcionan así.

- Procurad buscar una solución que nos convenga a todos, por favor...

-Descuida -sonríe Eda-.

-Y muchas gracias, ángeles.

En apenas un segundo la atmósfera de luz blanca y pureza nubosa que ocupaba la sala desaparece dejando a Goyo en su oscuro y minúsculo salón.

-Esto no puede estar pasando -dice Desmo mientras pasa al otro lado-. Esto es muy gordo, Eda, ¡muy gordo!

-No te agobies, viejo, y déjame hablar a mí.

-¡Eso ni lo sueñes!

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?