Después dio media vuelta
Este era uno de esos momentos en los que ella se arrepentía de no haberse puesto en forma mucho antes; no llevaba demasiado tiempo corriendo, pero su cuerpo no era capaz de soportar tanto esfuerzo después de un verano entero comiendo helados y viendo la televisión.
Aún no podía creer que aquella gente, a la que consideraba su familia, estuviera a punto de subirse a un tren sin haber dicho nada a nadie; ellos se marchaban lejos sin despedirse, sin motivo, sin destino, sin ella.
Cuando llegó a la estación paró bruscamente y puso la mano sobre su pecho como si quisiera evitar que el corazón saliera de allí de un salto. Buscaba con la mirada el andén 14, que era del que, según le habían dicho, partía el tren con destino a Ninguna Parte que sus amigos iban a coger. Detrás de un mostrador de información, a unos cincuenta metros por delante de ella, se atisbaban un uno y un cuatro. Reanudó su marcha trotando como un caballo herido, jadeando y tratando de ocultar con la cabeza agachada su rostro enrojecido y cansado.
Esos segundos de "descanso" se desvanecieron cuando una voz anunció por megafonía que el tren del andén 14 cerraba sus puertas en breve y emprendía su camino hacia algún lugar lejos de allí. Ella había tenido que correr alguna vez en su vida, pero nunca como aquel día: haciendo un último esfuerzo por llegar a tiempo, se echó a correr hacia las escaleras que bajaban al andén sin importarle lo más mínimo a quién atropellaba o el café de quién tiraba al suelo. Cuando la puerta de cristal automática se abrió delante de ella y pudo salir al andén de piedra y tierra, el tren resopló y comenzó a moverse. Sabía que ya no podía esforzarse más, pero aun así salió tras él y lo rozó durante unos segundos, aunque eso no sirviese ya de mucho; el tren desapareció en el horizonte dejándola atrás, de pie en un andén de piedra, con el pecho a punto de estallar de dolor, respirando como un pez fuera del agua, y preguntándose por qué aquellas personas se habían marchado sin avisar.
Dio unos cuantos pasos por allí, se sentó en un banco de madera, atravesó las vías en diversas ocasiones solo por el hecho de que nunca lo había probado y miró al cielo buscando, quizá, una respuesta. Para su sorpresa, la halló: entre unas pocas nubes bajas que manchaban el cielo, una bandada de pájaros aleteaba haciendo dibujos sobre el homogéneo tapiz azul. Tres o cuatro pajarillos abandonaron esa sincronizada coreografía y se alejaron para posarse sobre el tendido eléctrico. Quizá eran veinte los pájaros que aún bailaban en el cielo, y ninguno de ellos se percató siquiera de que sus compañeros se habían cansado de tanto jugar; ellos volaban igualmente, haciendo tirabuzones en el aire sin importar nada más.
"Yo soy feliz donde estoy, haciendo lo que hago, siendo quien soy, eligiendo lo que elijo... Espero que ellos encuentren algún día su tendido eléctrico".
Miró hacia el horizonte, justo donde había visto perderse al tren, sonrió y agitó la mano murmurando un "adiós". Después dio media vuelta y salió de la estación, donde él la esperaba para llevarla a casa.
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