Micro-apocalipsis
Primero apareció el aspirador automático/robotizado/milagroso que pulula por la casa a su aire limpiando lo que bien puede. Wilfred lo llamamos. Se paseó por la habitación chocando estruendosamente contra los muebles y succionando sin piedad a esos pequeños bastardos conocidos como ácaros hasta que la batería se despidió de este "mundo cruel". Lo cogí en brazos como si fuese mi churumbel y lo llevé a su centro de operaciones para enchufarlo a la corriente (aquel aparato de la pared siempre me pareció tecnología alienígena, pero eso ahora no importa). Lo dejé allí alimentándose y fui a mi siempre amada cocina a alimentarme yo también.
-¡Furcia!- oí al entrar.
La tostadora acababa de insultarme. Me giré indignada y la miré con desprecio.
-Habló la aspirante a horno. Cuando crezcas llámame- dije sin terminar de creer lo que estaba haciendo.
Tengo la sospecha de que se sintió ligeramente insultada, porque se desenchufó de la pared y, roja de calor e iracundia, me enrolló el cable al cuello con la intención de estrangularme. ¡Cómo tiraba y tiraba!
Comencé a ponerme morada y, por si fuera poco, mientras intentaba liberarme tenía que escuchar cómo me llamaba "zorra" y otros improperios.
-¡La otra mañana te preparé tostadas, pero nunca son lo suficientemente buenas para ti! ¿Verdad? ¡Dijiste que parecían el estropajo de un cenicero! ¡Si no sabes programar el tiempo no es culpa mía!- me gritaba.
Me acerqué torpemente al cajón de los cubiertos y cogí unas tijeras de cortar pescado. Seccioné, entre afónicos jadeos, el cable al grito de "muere, hija de Ariete". No sé qué me hizo pensar que al cortar el cable la tostadora cesaría en su empeño de matarme, pero hice el ridículo: no solo no acabé con ella sino que la enfurecí aún más. Tan decidida estaba a hacerme pagar por mis pecados que saltó de la encimera hacia mi cabeza soltando chispas de rabia, pero ese día el Dios Todopoderoso de los Electrodomésticos no estaba de su parte. Cayó al suelo y se rompió sin remedio en infinidad de pedazos.
Retrocedí con cuidado buscando con mis pasos el camino hacia el pasillo, pero hete aquí que la puerta del frigorífico se hallaba abierta impidiéndome el paso.
-¿Adónde crees que vas?- me berreó con una voz más grave de lo que jamás cabría esperar- No pien-ses que pue-des es-ca-par.
Por cada sílaba que pronunciaba me lanzaba un yogur de coco a la cara. Cuando quise reaccionar, puse las manos delante de mí para evitar más impactos, pero el frigorífico (más avispado de lo que yo pensaba) comenzó a bombardearme con todo lo que tenía: huevos, zumo, leche, uvas, sandía, mantequilla, sobrecitos de ketchup de McDonald's, fuet, sobras de la paella del día anterior, pepinillos en vinagre...
Tuve que aguantar sus abusos hasta que se quedó sin provisiones.
-¿Ahora qué? ¿Eh?- dije orgullosa (aunque realmente pareciese una ensalada gigante y maloliente).
La luz de su interior parpadeó y su motor dejó de hacer ruido. "Se habrá rendido..." pensé ¡Pobre de mí! Haciendo un esfuerzo "sobreelectrodoméstico" cogió impulso y se volcó hacia mí. Me agaché instintivamente con la suerte de que, al ser muy alto, el frigorífico se quedó enganchado entre las dos paredes y no llegó a caer.
Repté bajo la puerta y salí al pasillo. "Voy a llamar a... alguien". Corrí hacia mi habitación para coger mi teléfono móvil, pero, haciendo alarde de mi más que infinita estupidez, no pensé, ni por un momento, que era un aparato electrónico. Y allí lo hallé, vibrando, iluminándose como un Gusiluz y mandando mensajes de Whatsapp sin sentido a todos mis contactos.
-¡Es hora de que le confesemos a tu ex cuánto le echas de menos!- gritó para luego reír a carcajadas.
-¡Por encima de mi cadáver!
Me abalancé sobre él sin piedad y lo lancé al suelo con todas mis fuerzas. Unas cuantas piezas volaron por los aires pero la pantalla seguía iluminada.
-Vamos a comprobar si a tu novio le importa que sigas enamorada de tu ex- me dijo entre risas agudas y enfermizas.
Salté sobre él con todo el peso de mi cuerpo unas diez veces. Lo pateé hasta que no quedó ni una pieza entera.
-A ver si ahora puedes escribirle a tu madre, gilipollas- dije extenuada.
No tuvo que pasar ni un segundo para que la fiesta siguiera su curso. Detrás de mí, en la radio de mi hermana pequeña, comenzó a sonar "Dance apocalyptic" tan fuerte que apenas podía oírme pedir piedad.
Abandoné la habitación aturdida para descubrir que en el resto de la casa las luces parpadeaban al ritmo de la música y los aparatos de aire acondicionado lanzaban pelusas e insectos muertos como si de confeti se tratase.
Me dirigí a la puerta principal con la sola intención de huir de ese laberinto de locura en el que estaba metida, cuando me di cuenta de que, como siempre, aquello no era más que el principio: Wilfred se hallaba en mitad del pasillo con dos luces rojas encendidas en la parte delantera.
-Wilfred, Wil... somos amigos...y... tú no le harías daño a una amiga, ¿a que no?- tartamudeé.
-¿Daño? ¿Crees que solo voy a hacerte daño? Voy a matarte- me dijo con una voz que me resultó sorprendente y estúpidamente seductora.
Me di la vuelta para buscar una vieja espada sin afilar que le regalaron a mis hermanos en su Primera Comunión y que se hallaba, como era de esperar en una casa como la mía, en un paragüero. En mi camino hacia "el arma definitiva" me tropecé con una Nintendo Ds que parecía aquel libro hambriento de Harry Potter, un mp3 kamikaze, una Wii cuya única ocupación era la de lanzarme a la cabeza los mandos, los nunchuks, el Just Dance, y todo lo que tenía cerca; un cronómetro, dos smartphone, un Ipad, seis despertadores (¿Seis despertadores? ¡Dios de los objetos innecesarios, si solo somos cuatro en casa!), una Silk-épil y algún que otro reproductor de DVD. El único que no intentó enterrarme fue el reproductor de VHS; la edad no perdona.
Enarbolé, finalmente y casi sin fuerzas, la espada y me acerqué a la puerta para ajusticiar a Wilfred.
-Ha llegado tu hora- dije-. Confiaba en ti y me has traicionado. Ahora solo puedes esperar la muerte.
Entre tanta palabrería me di cuenta de que hubiese sido mucho mejor un cubo de agua que una espada sin filo, y solo a mí se me ocurre distraerme en un momento como ese. Wilfred avanzó veloz hacia mis pies y comenzó a succionar la punta de mis zapatillas sin resultado. No sé exactamente qué pretendía, pero no lo estaba consiguiendo. Alcé la espada verticalmente y la clavé con fuerza sobre el aspirador, atravesándolo de arriba a abajo. Cuando los ojos rojos de Wilfred se apagaron, el resto de aparatos electrónicos, que aún estaban de parranda, se desactivaron también.
Respiré hondo y miré a mi alrededor. Los armarios se hallaban abiertos de par en par, la ropa parecía querer escapar de una lavadora que vomitaba una extraña espuma blanca, la cocina (¡ay, la cocina!) estaba hecha un auténtico desastre, el hediondo cubo de basura estaba volcado en el suelo haciendo juego con toda la comida que el frigorífico había lanzado, los monitores y las televisiones se habían precipitado al vacío desde los aparadores y las bombillas habían estallado dejando por el suelo numerosos cristales.
Cuando observaba, desolada, el escenario post-apocalíptico que era entonces mi casa, oí las llaves entrando en la cerradura de la puerta principal. Era mi madre.
-Solo voy a preguntarlo una vez- dijo al borde del colapso neuronal-. ¿Qué coño ha pasado aquí?
-N-n-no es lo que parece... tiene una explicación: primero apareció el aspirador automático/robotizado/milagroso...
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