Fictionize me

7 de septiembre.

El elemento más extraño de aquella escena era la intensa luz solar que atravesaba los cristales dándole un toque cálido a la estancia. Me resultaba así, extraño, porque no encajaba con lo que estaba a punto de experimentar. 
Estaba sola en casa, como casi siempre, y los crujidos de las paredes eran incesantes. La distribución de mi habitación- con un escritorio que daba la espalda a la puerta que conducía al siempre oscuro recibidor- contribuía muy notablemente a que mi sensación de inseguridad fuese constante. Recuerdo perfectamente que estaba escribiendo unas reflexiones en un cuadernillo azul, reflexiones sobre las apoteósicas juergas mentales que se organizan en mi cabeza de cuando en cuando. Dejé que me invadiese una sensación de nostalgia mientras escribía, tanto fue así que mi corazón comenzó a latir más rápido, casi emocionado. En ese instante oí un golpecillo al otro lado del recibidor. No pude pensar en otra cosa que no fuese mi pequeña cobaya haciendo de las suyas en su jaula metálica. Seguí escribiendo con el corazón inclinado hacia la amnistía, puesto que, sorprendentemente  y sin que sirviese de precedente, me encontraba de un humor excelente y con capacidad de querer hasta a mi peor enemigo. Me concentré en expresar claramente mis sentimientos en aquel papel para poder destruirlo más tarde y dejar atrás todo aquello que quiere decirse y, finalmente, no se dice nunca, pero de nuevo algo me lo impidió. Esta vez no fue un pequeño golpe sino cuatro o cinco pisadas frente a mi puerta. Miré rápidamente esperando, quizá, encontrar allí un pasmarote cansado de bailar claqué en mi casa, pero no fue así, por fortuna. He de reconocer que después de aquello mi concentración se fue al garete y mis ganas de darle la espalda a la puerta se fueron con ella. 

8 de septiembre.

Sola en casa una vez más, intenté reescribir mi bitácora del viaje introspectivo más raro desde la extensión del consumo de LSD. Tenía la sensación de que en cualquier momento una señora vestida de blanco con la cara ensangrentada correría hacia mí a cuatro patas y del revés a gran velocidad. Miré la puerta. No sé por qué pero, en mi cabeza, la vi. Vi a aquella señora corriendo hacia mí, gritando algo que no entendía y con el cuello torcido, como si la causa de su muerte hubiese sido esa. Solo lo imaginé pero me asustó lo suficiente como para no dejar de vigilar esa puerta.

La luz del sol iluminaba mi habitación pero no el pasillo. Lo siguiente que pude imaginar fue una silueta negra, sin pelo y con la cara bien visible. Sus ojos se hallaban abiertos de par en par, como si hubiera visto un fantasma y ¡qué demonios! ¿era yo el fantasma? Al permanecer tanto tiempo mirando hacia allí, sin ver nada real, me di cuenta de que aquella situación podría complicarse aún más puesto que le daba la espalda a la puerta de la terraza. ¿Y si un tipo sin mandíbula inferior gimiendo de dolor se acercase a mí sin previo aviso para robarme el maxilar y completar así la maldición?

9 de septiembre.

1:00 a.m. Las paranoias de aquella tarde se desvanecieron gracias a Ridiculousness y algunas cancioncillas sobre la "relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor" que pude ver en Internet. Me metí en la cama aún recelosa, pero algo más tranquila y procuré pensar en aquello de perdonar a mi peor enemigo, para que una preocupación se llevase a la otra. En un momento dado experimenté esa sensación de no estar dormida y tampoco estar despierta y fue en ese instante cuando me sobresalté. No hubo motivo, simplemente me asusté con mi propia respiración o algo así. Comencé a revolverme apoyada sobre el lado izquierdo, para no dar la espalda al resto de la habitación, intentando buscar una postura cómoda. Cuando coleteaba como un pez recién pescado, atravesé con mi mano la delgada línea que separa la cama del abismo oscuro que da lugar al hueco que hay debajo de ella. Imaginé involuntariamente que una mano putrefacta con las uñas largas me agarraba la mano y tiraba de ella hasta hacerme sangrar. Miré hacia arriba y vi, como secuela de aquella historia en la que me había metido, a una mujer con el pelo largo y negro boca abajo, mirándome desde la litera de arriba y mostrando sus dientes llenos de sangre y suciedad. Fue una mala noche, creo yo.  

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