En un hotel de St. Pancras...
-Supongo que desearán saber por qué los he reunido a todos aquí.
-Sí, creo que ya es hora de que nos dé alguna que otra explicación, detective- apostilló la siempre impertinente señora Clum.
-Como sabrán, mi presencia en este hotel no es gratuita. Llegué aquí en calidad de escolta y, desafortunadamente, me hallo ahora en calidad de detective. También sabrán, o supondrán (espero), que la muerte de la baronesa Davidoff no ha sido tampoco algo gratuito.
-¡Anda! Y ¿por esa idiotez nos ha tenido retenidos dos días? ¡Dos días! No creo que sea motivo suficiente para perder nuestro tiempo.
-Si me deja continuar, señora Cl...
-Tiene razón- vociferó su marido, siempre sumiso-. Ya está bien de tanto mangoneo. La muerte de la baronesa fue completamente accidental y si no lo fue a mí me importa un bledo; ni mi esposa ni yo tenemos nada que ver en eso.
-Puede que no... o puede que sí. No sean impacientes.
La señora Clum golpeó a su marido en la rodilla con el abanico. Echaría en falta algo más de contundencia, imagino.
-Como iba diciendo, la muerte de la baronesa no ha sido algo accidental (aunque algunos de ustedes no lo crean). Entiendo que la lista de sospechosos puede parecer reducida, pero no me he atrevido a descartar a ninguno, y gracias a ello he dado con el culpable en tan solo dos días.
-Usted no tiene abuela, ¿no?
-Silencio, por favor. En esta sala nos encontramos Martin, dueño del hotel, Lindsey, su adorable esposa, Daniel, Ethan, Samuel, Rupert, Duke, camareros, Anne, Lisa, Carl, Monique, personal de las habitaciones, Maurice, chef, el matrimonio Clum, recordados por sus más que inapropiadas sustracciones de objetos en céntricos comercios de Londres...
-¡Uh! ¿Será posible? ¡Qué desfachatez! Es usted una desvergonzada... ¡Joe, di algo!
-Si me permiten... Bien. El matrimonio Clum, decía, la señorita de Lange, hija de un papá que ya ha decidido dejar de pagar sus lujosos caprichos, Morgan y Tyler, la joven pareja de enamorados estadounidenses que reside aquí de manera ilegal, el doctor Sforza, eminente cirujano, y Tobey, Marcus y Steven, los tres hermanos juerguistas que recorren Europa buscando emociones, alcohol y mujeres.
-Muy bien, muy bien- interrumpió Tobey-, hasta este punto lo tenemos todo bastante claro. Espero que piense decir algo menos obvio...
- En fin... partamos de la base de que todos tenemos un pasado. Haciendo las preguntas correctas he descubierto cosas, cosas a las que ahora llamaré motivos. Y estos motivos son los que podrían llevar a uno de ustedes a asesinar a la baronesa.
-Bah, paparruchas- dijo Sforza-. Déjeme poner música mientras tanto. Suavicemos el ambiente.
-Pasando por alto lo de las paparruchas, está bien. Empezaré aclarando que no he encontrado conexión entre el personal del hotel y la baronesa, así que están a salvo. Continuaré diciendo, pues, que el matrimonio Clum conoció a la baronesa en uno de sus viajes a Tailandia.
-Pero eso...
-¡Señora Clum! ¿No es cierto, acaso, que prestaron dinero a la baronesa para que jugase en un casino tailandés y, no solo no les devolvió lo prestado, sino que desapareció de allí con miles de libras en ganancias?
-Es posible que sí, pero...
-Bien. La señorita de Lange, cuya carrera artística se vio truncada por las exigencias de su padre en el ámbito de los estudios, había contactado hacía un tiempo con la baronesa para que esta utilizase su influencia en el mundo del teatro y la ayudase a prosperar, pero la baronesa tenía muchas otras cosas mejores que hacer que atender las peticiones reiteradas de una chiquilla caprichosa.
-¡Pero yo no la maté!
-Shhh, señorita, shhh. Señor Tyler, ¿era la baronesa la hermana de su padre?
-Sí.
-Me gustaría saber por qué no me lo comentó cuando le pregunté por su relación con la víctima, pero lo dejaré a un lado para preguntarle por la capacidad que tendría su tía para conseguirles a usted y a su prometida los papeles necesarios para residir en el país.
-Yo...
-No hace falta que conteste, gracias. Señor Sforza, he encontrado las cartas de amor que estuvo enviando todos los meses a la baronesa desde hace diez años hasta hace dos semanas. Ella era la mujer de su hermano y, cuando enviudó, quiso conquistarla, pero le dio largas durante diez años. Es como para enfadarse, ¿no cree?
-Oiga, yo jamás le haría daño. ¡La amaba!
-Sí, comprendo, comprendo. Respecto a los tres tristes tigres... nada tengo que decir salvo que el dinero que desapareció de la habitación de la baronesa les vendría muy bien para continuar su aventura europea. Estos días han estado consumiendo bebidas alcohólicas bastante caras, ¿no es así?
-¡Eh, nuestro padre nos mandó tres mil libras hace cuatro días, maldita bruja!
-Cálmese, Marcus.
-Eso, cretino- le recriminó Tobey-. No tome su agresividad muy en serio, detective.
-Procuraré no hacerlo; no quiero tener que sacar mi arma.
-Bueno, detective- añadió Tobey-, cuando termine todo esto podríamos quedar los dos... a solas... así le podré enseñar yo a usted mi... arma.
-¿Cree que el descubrimiento de un asesino es el momento idóneo para proponerme mantener relaciones?
-Siempre es el momento idóneo, detective.
-¡Vamos, déjese de palabrería y resuelva esto de una vez!- gritó Sforza.
-Señor Sforza, qué oportuno. ¿Mantuvo relaciones alguna vez con la baronesa?
-¿Cómo dice?
-Ya lo ha oído.
-¿Cómo se atreve?
-Ya contestaré yo por usted: sí. Y de esa relación nació un niño, un niño que la baronesa le ocultó a usted y a todo el mundo con el fin de mantener limpia la imagen de su marido. Ese niño... ese niño creció en un orfanato, sin una identidad, sin un nombre, sin un título. Se le negaron todos los privilegios que podría haber tenido puesto que fue concebido estando vivo el barón y podría haberse hecho pasar por su hijo legítimo. Pero no, la baronesa decidió esconder esa verdad a su marido... e incluso a usted. Y ese niño ya no es un niño, ese niño tiene ahora 29 años y es... ¡Duke, el camarero!
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