Cara

-Y que Dios lo acoja en su seno. Amén.

-Amén- corearon todos los asistentes casi susurrando.

En aquella tarde de otoño parecía que los nubarrones negros se habían posado encima del cementerio de Alameda del Carrillo para descargar sobre él litros y litros de lágrimas frías. Los altos cipreses se confundían con las figuras de los estilizados hombres que, vestidos con un traje negro casi idéntico, rodeaban el ataúd que poco a poco se iba introduciendo en la tierra. Las mujeres, por su parte, hacían corrillos en torno a la madre, que pedía a gritos explicaciones a alguien que estuviese por encima, incluso, de las nubes. Las hojas de los árboles azotaban a todos los presentes cuando soplaba el viento; los paraguas volaban, los chales parecían cuervos enzarzados y las lágrimas de quienes acababan de despedir a un hijo se confundían con la lluvia. 

El ataúd rozaba las paredes de la fosa al descender por ella, la tierra caía al fondo en pequeñas aglomeraciones... El padre y los hijos mayores se esforzaban por enderezarlo con una mano mientras secaban su cara con la otra. Los niños correteaban sin ser conscientes de lo que estaba ocurriendo y, de cuando en cuando, acudían a sus madres para preguntarles por qué lloraban todos tanto. 

El cura permanecía de pie junto a la fosa, cuestionándose, quizá, su propia fe y preguntándose si en la Biblia encontraría el porqué de la pérdida de aquel joven, amado por todos, amigo de sus amigos, enamorado de la vida, benjamín de unos padres a los que ya solo les quedaba llorar. 

El coche fúnebre seguía aparcado en el mismo lugar, dejando que las gotas de lluvia se deslizaran por los cristales, cristales que permitían ver a través de sí unas cortinas blancas y unas flores cortadas aguardando en la sombra. 

Los altos muros de aquel cementerio ocultaban el mañana a todos los que allí se encontraban, la luz del sol parecía demasiado débil como para atravesar las espesas nubes, y la verja, recia, parecía querer encerrarlos en aquel sentimiento para siempre. 

El dolor era tan grande que oprimía sus pechos y constreñía sus gargantas, los ahogaba en el silencio, se liberaba en forma de lágrimas y volvía en forma de recuerdos; los pasos eran temblorosos, los abrazos, inservibles. Preferían mirar al oscuro cielo antes que al ataúd, que descendía lentamente, como queriendo llegar a las mismas entrañas de la tierra pero entristecido por lo que allí dejaba. El único consuelo parecía ser el tiempo, y eso era algo que aún les parecía muy lejano. Solo querían que acabase ese día... solo que acabase.

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