Prayer
Tras incontables días de asueto y meditación, la mente de Beh no se hallaba aún en el estado de tranquilidad emocional y paradisíaca calma neurológica que esperaba. El silencio era ensordecedor, la oscuridad, cegadora, y todo lo que a la paz se refería se había convertido en la más espantosa de las guerras. Llegado cierto momento, lo más claro le pareció confuso, hasta que las cosas comenzaron a ser confusas de verdad; la preocupación, antes infundada, pareció tener, entonces, una base racional para ella, y el largo camino hacia la luz se alargó aún más, perdiéndose, con él, su final.
En el momento en el que la fatalidad, guadaña para su muerte, rodeó su delgado cuello, como almas pródigas, haciendo el bien sin ni siquiera saberlo, aparecieron sus pequeños "ángeles". Probablemente, no conocían su posición en su mundo, ni su rango, ni quiénes eran, pero ganaron, lentamente, las batallas y, finalmente, la guerra. Allanaron el empedrado camino, retiraron las ramas secas que arañaban la piel desnuda de Beh cuando intentaba escapar, y ahuyentaron a los lobos sedientos de desgarradores gritos que moraban en la oscuridad.
Al caminar por las calles, rebosantes de luz, quien se cruzaba con ellos no advertía sus cualidades salvadoras, no veía sus alas, no entrecerraba sus ojos ante el resplandor de sus almas. No. Sólo rozaba su chaqueta contra la suya o miraba a sus ojos sin sentir más que indiferencia. Pero Beh sí los sentía fraguando sueños y remendando su desgarrada alma desde el día en que cruzó, por primera vez, su temblorosa mirada con la suya. No sabía por qué, y no sabía si aquella percepción era real, pero no le importaba porque era, de nuevo, feliz.
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