Io voglio...
Sentí verdadero pavor el día en que aquella aparición espontánea se posó con fuerza sobre el suelo de mi habitación y cruzó sus brazos mientras se erguía en un poderoso gesto de superioridad. "Aquí estoy" dijo " basta ya de huir". Evité su mirada tanto tiempo como pude, e intenté, con éxito, no escuchar lo que me decía.
Esta fingida indiferencia no duró demasiado.
-¿Qué quieres?- susurró.
Agaché mi cabeza mientras una lágrima fugitiva cruzaba mi mejilla, intentando, por todos los medios, obviar aquella sencilla pregunta.
-¿Qué quieres?- alzó la voz.
Cerré, entonces, los ojos con fuerza y giré la cabeza bruscamente hacia la ventana.
-¡¿Qué quieres?!- gritó.
-No lo sé- gemí- no lo sé.
La aparición se giró, dándome la espalda, como si no quisiera verme, como si estuviera ofendida. Caminó un par de minutos por la estancia. Respiraba muy lentamente.
-Eso no puede ser- dijo, finalmente- no puedes no saber lo que quieres. Al menos querrás saber lo que quieres, ¿no?
Miré hacia la ventana, esta vez con los ojos abiertos. Una espesa nube grisácea cubría el cielo, y unas pequeñas gotas de lluvia se estrellaban contra el cristal.
-¿Por qué iba a querer saberlo?- sollocé.
-En el fondo yo sé lo que quieres, el problema es que tú aún no lo sabes. Piensa en lo que te hace bullir, lo que te hace sentir. Eso es lo que quieres. Búscalo, ya sabes dónde encontrarlo.
-¿Y si no está ahí?
-Entonces solo habrás perdido tiempo.
Tras estas más que agradables palabras, aquel ser etéreo se marchó, como si nunca hubiera estado allí. Antes de que pudiera reflexionar sobre aquello, oí mi móvil sonar. Me acerqué instintivamente para comprobar quién era, y al hacerlo sentí, una vez más, a mi corazón latir con fuerza.
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