La venganza de Thomas Barlow III

Los relinchos de los caballos podían oírse a cientos de metros de distancia. En menos de una hora, Walker y sus compañeros habían llegado a una gran explanada rodeada de vegetación, a las afueras del pueblo de Templado, donde tenían pensado ajusticiar a Thomas. 

-Bajadlo del caballo y ponedlo en el suelo- ordenó Walker.

Wilder hizo los honores, para, además, encargarse personalmente de atar con fuerza los pies de Thomas a la silla del caballo con una cuerda de unos tres metros de largo. 

-¿Os habéis dado cuenta de que siempre que tenéis que castigar a alguien, lo hacéis aquí, en esta explanada?- preguntó Thomas aún ebrio.

-Es tradición, supongo- comentó entre risas uno de los hombres.

Todos los demás rieron a la par, excepto Walker, que quedó turbado, incluso asustado. 

-¿Pasa algo, Walker?- preguntó Thomas esta vez algo más sobrio- ¿No te gusta este sitio?

Entonces Walker comprendió que todo el mundo sabía que era allí donde ellos llevaban a cabo su propia justicia, en un lugar alejado de la población que siempre les había beneficiado. Hasta ese día.

-¡¿Quién eres?!- gritó Walker sorprendiendo a todos sus compañeros.

-¿Qué ocurre, Alexander?- dijo Wilder impresionado- Es solo un borracho difamador. 

-No... no. No es por el ganado, no... Nosotros no hemos robado ganado. Tenemos dinero suficiente como para no perder el tiempo robando vacas a los estúpidos granjeros. No... esto es...

-Ya sé que no hemos robado nada- dijo Wilder inquieto. Por eso estamos aquí, ¿recuerdas?

-Cállate... Es una trampa.

Thomas sonrió como nunca y se incorporó como pudo, aún atado al caballo. Sacó, mientras Walker intentaba explicar sus deducciones al resto, una navaja de su bolsillo y cortó la cuerda rápidamente. 

-¡Se ha soltado!- vociferó Walker agarrándolo, junto con Wilder, por los brazos- Dime quién eres y qué quieres.

-Suéltame primero- dijo Thomas zafándose de los dos hombres-. Así está mejor. Empecemos por las presentaciones: mi nombre es Daniel Campbell. 

Walker miró a Wilder con pavor, lo que este no comprendió puesto que era demasiado joven para conocer la procedencia de ese nombre. 

-Hijo de John Campbell- dijo Walker intentando no tartamudear. 

-¿De qué hablas?- preguntó Wilder nervioso- ¿Conoces a este hombre?

-Fue en Colina de Fuego. Pensé que ya había dejado claro lo que opinaba de vosotros, malditos estafadores- dijo sin dejar de mirar a Thomas fijamente. 

-No entiendo nada, Alexander- gimió Wilder al borde del colapso. 

-Digamos que tu amigo Alexander- dijo Thomas-, antes de ser tu mentor en el arte de la intimidación, solía ser un cobarde cuatrero con aspiraciones a hombre del este. Se dedicaba a comprar a bajo precio o, si no era posible, robar reses para poder venderlas en El Condado por una suma mayor. Hace quince años compró veinte cabezas a mi padre, John Campbell, con el mismo objetivo; pero esa vez no salió como él esperaba. Nadie quiso comprárselas en El Condado, ya que se sospechaban sus trapicheos, y es por eso que intentó devolvérselas a mi padre alegando que estaban enfermas. Mi padre se negó a devolverle su dinero y Alexander lo mató. A sangre fría y por la espalda, sin permitirle siquiera defenderse. Después entró en mi casa, pegó a mi madre, abusó de mi hermana, y, con sus seis compañeros, mató a la mitad de las reses y quemó el granero. Mi madre murió días después a causa de las heridas. 

Wilder bajó la cabeza, quizá decepcionado o quizá aburrido de tanto sentimentalismo. 

-Entonces fue cuando me prometí que Alexander Walker pagaría por sus crímenes. Y aquí estoy, quince años después, dispuesto a cumplir aquella promesa.

Walker desenfundó su revólver violentamente y apuntó a Thomas directamente a la cabeza. Su mano temblaba como la de un principiante al disparar a su primer pájaro. 

-Todos mis compañeros de Colina de Fuego están esperando entre la vegetación, Alexander. Vas a morir. 

-¿Qué pasaría si te mato yo antes?- preguntó henchido de rabia.

-Nada. Tu destino ya está escrito. 

Las aves volaron despavoridas desde un árbol cercano a la vez que el cuerpo sin vida de Alexander Walker caía sobre la hierba seca. Wilder, que en ese momento parecía más inocente que nunca, hincó las rodillas en el suelo como un penitente y juntó las palmas de las manos rogando por su vida. 

Lo ocurrido aquel día tuvo innumerables consecuencias para todos los que se vieron involucrados en esa violenta historia, pero a Thomas Barlow jamás le importó, porque su promesa ya estaba cumplida. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?