La venganza de Thomas Barlow III: final alternativo

Los relinchos de los caballos podían oírse a cientos de metros de distancia. En menos de una hora, Walker y sus compañeros habían llegado a una gran explanada rodeada de vegetación, a las afueras del pueblo de Templado, donde tenían pensado ajusticiar a Thomas. 

-Bajadlo del caballo y ponedlo en el suelo- ordenó Walker.

Wilder hizo los honores, para, además, encargarse personalmente de atar con fuerza los pies de Thomas a la silla del caballo con una cuerda de unos tres metros de largo. 

-¿No os habéis dado cuenta de que...

Antes de que Thomas pudiese terminar aquella frase, Wilder azotó a Látigo, que empezó a galopar sin control por la explanada. Los gritos del joven podían oírse, al igual que los relinchos, a cientos de metros de distancia. Aquella sinfonía de alaridos duró lo suficiente como para que los propios maleantes acabasen hastiados de la tortura que ellos mismos habían planeado, y solo terminó cuando Látigo se detuvo, exhausto, junto a unas rocas cerca del río. Walker y los suyos rodearon al maltrecho Thomas rogando que no estuviese muerto, pues se les habría acabado la diversión.

-Espabila, Barlow. Aún nos quedan muchas cosas por hacer- dijo Wilder echándole unas gotas de agua en la cara. 

Thomas se contorsionó inútilmente, respirando con dificultad. 

-Escucha, Walker- dijo lentamente y jadeando-, es posible que creas que te has salido con la tuya, pero...

Echó un vistazo a su alrededor buscando, quizá, una referencia que le permitiera saber dónde se encontraba y, lo que era más importante, dónde se encontraban los hombres que se habían ocultado entre la vegetación, obedeciendo sus órdenes, para tenderle una trampa a Alexander Walker.

-¿Qué te pasa, Barlow? ¿Ya te has quedado ciego?- se burló uno de los compinches de Walker.

Thomas cada vez se inquietaba más. Tanto era así que su magullado cuerpo había entrado en calor y podía balancearse ligeramente hacia los lados y hacia arriba. 

-¡Cómo se revuelve el gusano!- bramó Wilder acompañando su gracioso comentario con una patada a la cabeza de Thomas.

-Es hora de ajustar cuentas, Barlow- sentenció Walker-. Dame el rifle, Josemite.

El repugnante Josemite, que sonreía mostrando un diente de oro y numerosas mellas, acercó a su jefe el arma que este alzó por encima de su cabeza entre los vítores de sus compinches. 

-Nadie me llama cobarde y vive para contarlo, Barlow- dijo apoyando el cañón del rifle sobre la frente de Thomas.

-¡Will!- gritó el joven con todas sus fuerzas- ¡Fred, Jack! ¡Ahora!

Los maleantes se miraron con inquietud, preparándose para una posible emboscada. Sin embargo, para desgracia de Thomas, nadie apareció.

-¿Te gusta jugar al poker, Barlow?- dijo Walker- Si es así no creo que ganes demasiado; lo tuyo no son los faroles.

Wilder y los demás rieron la broma del lider sin dejar de mirar al tembloroso Thomas colocando las palmas de las manos delante del rifle, como si quisiera protegerse con ellas del disparo. Él, por su parte, no dejaba de gritar los nombres de sus supuestos salvadores y se estremecía cada vez que Walker hacía ademán de disparar, agitando el arma para amedrentarlo. 

-Dejémonos de estupideces- dijo al final-. ¿Un último deseo?

-Yo...- tartamudeó- ¡No me mate! ¡Por favor!

Walker alzó la cabeza riendo a carcajadas para después bajarla bruscamente y disparar a quemarropa a la frente de Thomas. El sonido fue tan fuerte e inesperado que incluso los compañeros de Walker se sobresaltaron al oírlo. Los trozos de la cabeza del joven salieron despedidos por detrás de él, y su rostro quedó irreconocible.

La camisa ensangrentada de Thomas adornó, como bandera de una guerra en la que existían unos claros vencedores, la puerta del saloon de Alan Livingston durante días sin que nadie se atreviese a quitarla de ahí, y tuvo que ser el propio sheriff quien, haciendo alarde de su virilidad y su valentía, la retirase de la vía pública.

Después de aquello, el pueblo quedó esclavizado bajo el yugo de las exigencias de Walker, que ya había demostrado que era capaz de cualquier cosa con tal de hacer ver quién tenía la última palabra. 

¿Contaba realmente Thomas Barlow con un grupo de hombres para tender una emboscada a Alexander Walker? De ser así, ¿por qué no aparecieron? Nadie supo, aun conociendo de primera mano la historia o los rumores que circulaban sobre ella, la respuesta a estas y otras preguntas que surgieron tras su muerte, pero tampoco nadie se atrevió a preguntarlo puesto que el último que había hablado sobre Alexander Walker se hallaba alimentando a los gusanos del cementerio de Casa Roja. 

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