La venganza de Thomas Barlow II

No hizo falta mucho tiempo para que el Perro viniese con su amo: Alexander Walker. Entró en el saloon atropelladamente, oteando por encima de todas las cabezas para encontrar la que le interesaba, no obstante, no conocía a Barlow. 

-Perro, dime quién es ese tal Thomas Barlow, cuya mayor preocupación es la de difamar, para que yo pueda darle una preocupación mejor- dijo Walker a voz en grito para que todo el local advirtiera su llegada. 

El viejo señaló tímidamente la mesa que se hallaba en el fondo del saloon y en la que Thomas consumía lo poco que quedaba de su tercer vaso de whisky. Un grupo de tres o cuatro hombres, entre los que estaba Wilder, mano derecha de Walker, rodeó la mesa con actitud amenazante.

-O sea que el necio difamador Barlow eres tú- dijo Wilder acercando su rostro al de Thomas hasta rozarlo-. No pensé que serías tan joven... pero eso no me impedirá acabar contigo. Deberías haberte afeitado esta mañana; uno tiene que estar presentable el día de su muerte.

Thomas se giró torpemente hacia Wilder y, levantando el dedo índice como si quisiera apuntar algo, cayó por el otro lado de la silla, de espaldas, hacia el suelo. Walker y los suyos rieron a carcajadas junto con el resto de clientes del local.

-Miradlo- dijo uno de los esbirros de Walker-, está completamente borracho. Va a ser más que fácil acabar con él. 

Alan agachó la cabeza apoyado en la barra. Por su parte, los clientes del saloon ya comenzaban a hacer apuestas sobre quién ganaría aquella contienda, y se quejaban de lo poco que obtendrían de beneficio, puesto que el resultado estaba claro. 

-Levanta, Barlow- dijo Wilder dándole una patada-. ¡Te estamos esperando para la fiesta!

-¡Vamos, Barlow!- corearon el resto.

Thomas se revolvió en el suelo, como una cucaracha que queda boca arriba, para después levantarse dando tumbos y apoyarse en la silla de la que se había caído. 

-Wilder... cállate- balbuceó.

Wilder esbozó una sonrisa malévola y lo agarró por las solapas con violencia.

-Prepárate, Barlow- dijo a apenas dos centímetros de su cara-. Cuando terminemos contigo nos rogarás que te colguemos de... 

-No me hables tan cerca- interrumpió Thomas riendo inocentemente-, que me escupes. 

Wilder alzó el puño y le propinó un golpe en la cara que apunto estuvo de dejarlo inconsciente. Otra vez en el suelo, Thomas comenzó a gemir, con los ojos cerrados, y a paladear algo que debía de ser su sangre. 

-Llevémoslo al río- dijo Wilder-. Allí hay una gran explanada por donde Látigo podrá cabalgar a gusto mientras arrastra a este necio. ¿Qué opinas, jefe?

-¡Démosle una lección y después que decida nuestro instinto!- gritó Walker triunfalmente.

Wilder sonrió con satisfacción y agarró a Thomas con sus fuertes brazos para colocarlo, como si fuese un saco, sobre la grupa de Látigo. A esas horas el cielo ya se hallaba forrado de estrellas.  

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