La venganza de Thomas Barlow I
El sol se deslizaba perezoso sobre el cielo tiñendo cada esquina de un color anaranjado que recordaba a los más afortunados viajeros los hermosos paisajes marítimos, ya cargados de progreso, del este. El reloj del ayuntamiento había sonado estruendosamente unos minutos antes, y los habitantes de Casa Roja recogían el ganado y los elixires "mágicos" que Joe McCready había les había mostrado y, al final, vendido esa misma tarde.
Thomas Barlow caminaba, decidido, hacia el saloon de Alan Livingston empuñando su revólver. Se colocó el sombrero que el viento cargado de arena había hecho bailar sobre su cabeza, y empujó las dos grandes puertas de madera del local, que se balancearon hacia dentro y hacia fuera al compás de los pasos del joven.
-Alan- gritó para sorpresa de todos-, ¿dónde está Alexander Walker? A estas horas ya debería estar aquí jugando y bebiendo.
-No lo sé, Tom. Salió hace un rato, según me ha dicho el padre Peterson. Relájate, tómate algo y vete a casa a descansar.
-¿Salió? ¿Hacia dónde?
-No lo sé. Creo que estaba con Wilder y los demás.
-Son unos cuatreros, y deben recibir su merecido.
-Esa es una acusación muy grave, Tom. Tómate un descanso, bebe y ya mañana podrás ir a hablar con el Sheriff Mahone.
-No, quiero que paguen por las cuatro cabezas que se han llevado. Yo mismo me encargaré de que me las devuelvan. Si no, me lo cobraré en sangre.
-No te precipites, Tommy. Eres muy joven, y Walker ha desenfundado muchas veces ya. No dudará en matarte. Vete a casa con tu hermana, deja que te prepare comida caliente y duerme. Créeme cuando te digo que meterte en líos con Alexander y los demás no es buena idea.
-No voy a dejar que ese canalla se salga con la suya. Mi padre me enseñó que solo los cobardes huyen. Mi mano es rápida, Alan.
-Tom, no quiero sangre en este local; el sheriff no permitirá una contienda más, sobre todo cuando ya se ha puesto en evidencia su capacidad de dirimir los problemas. No lo enfurezcas.
-Bueno, me sentaré a tomar algo y esperaré a Walker aquí. Si no aparece esta noche, me pensaré el olvidarlo, pero no por ello dejaré de informar al pueblo de su cobardía.
Thomas, tal y como había dicho a Alan, se sentó en la esquina del saloon y pidió su habitual vaso de whisky. Mientras instaba a seguir con sus asuntos al resto de clientes, que habían quedado en silencio para escuchar con interés la charla del joven con el dueño, un viejo flaco y bigotudo, al que conocían como el Perro, abandonó el local con presteza, como si quisiera informar a alguien de lo que allí había ocurrido.
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