Encuentro ficticio con mi alma gemela II
El Metro iba a rebosar, como siempre. Recorría la línea sin
pararse a preguntar, sin dar los buenos días, sin ceder el paso a los trenes
mayores, como siempre. Yo luchaba por mantenerme despierta, como siempre. Supongo que fue mi ansia por encontrar algo que me
distrajese la que me llevó a escudriñar el vagón y a encontrarlo a él. Estaba
sentado en el extremo opuesto, junto a la portezuela de salida, con la espalda
recta, las piernas cruzadas y la mochila sobre su regazo; parecía estar leyendo
unos caóticos apuntes aunque no podía saberlo a esa distancia. Hice un esfuerzo
sobrehumano por fijar la vista en sus ojos para que se sintiese observado y
tuviese que mirarme. Sorprendentemente funcionó. Se giró levemente y pasó su dulce mirada sobre mí durante
algo menos de medio segundo. Fue suficiente. Durante el resto del viaje intercambiamos rápidos vistazos y
posturitas que a gritos pedían algo de atención. Cuando decidí mirarlo
fijamente me respondió con una sonrisa acaramelada y un guiño. Sentí que mi corazón
se hinchaba con la intención de estallar como fuegos artificiales, (algo muy
bonito en sentido metafórico), sensación que creció cuando lo vi levantarse y
caminar, decidido, hacia mí.
Le sonreí sin querer, entrecrucé mis dedos e intenté obviar
lo empalagoso de aquella situación.
-Hola.-dijo.
Me hubiese gustado saber por qué me sentía como si tuviese
catorce años. Me parecía estúpida a mí misma, me veía como lo que nunca había sido, y lo que era peor, me estaba gustando esa sensación.
-Hola.- tartamudeé. En ese momento tenía una bola de algo
muy dulce y absurdo atragantada en la garganta.
-Quizá te parezca precipitado, pero ¿quieres que tomemos
algo… ahora?
Miré mi reloj: las tres de la tarde.
-Sí, claro, quiero decir, que sí quiero que tomemos algo, no
que me parezca precipitado, aunque sí es precipitado porque yo no soy una de
esas chicas que salen con cualquier desconocido, independientemente de que vaya
a hacerlo ahora; tú pareces otro tipo de persona, aunque no me fío de nadie
pero…
En ese momento comenzó a reír. Intentando que la vergüenza
abandonase mi cuerpo fijé la vista en algo que no fuesen sus convulsiones. Los
apuntes que llevaba en la mano eran de Física. Al verlo sentí que la dulce bola
que tenía en la garganta se convertía en un algodón de azúcar recubierto de
chocolate y mermelada de fresa con sirope de caramelo y muchos mazapanes. Apenas podía respirar.
-Claro que quiero que tomemos algo.- dije, ya en mis
cabales.
-Bien, pues tú dirás.
-Al lado de mi casa hay un bar que me gusta especialmente y
donde solo llevo a las personas más especiales para mí.
-Hecho.
Al salir del Metro caminamos durante unos minutos bajo el
sol de junio mientras charlábamos sobre nosotros.
-Que conste que es la primera vez que hago esto,- me dijo-
porque, bueno, yo no he tenido novia nunca ni nada semejante así que…
Una flecha rosa con la punta en forma de corazón me atravesó
el pecho de la forma más ridícula y adorable del mundo. Qué idiota y qué
afortunada me sentía.
-Pues igual que yo, entonces.
-¿Nunca has tenido novio?
-No.
-Ah, qué mona.
A día de hoy, y habiéndoselo preguntado mil veces, no sé qué
quiso decirme con eso.
-¿Puede saberse por qué has decidido quedar
conmigo?
-No sé. El caso es que te he visto y he sabido que eras
especial, que no podía dejarte escapar.
La flecha se me estaba clavando cada vez más, me dolía… pero
me encantaba.
-¿No has pensado que yo puedo ser una loca asesina que
mutila miembros y después quema con ácido?
-Pues la verdad es que soy bastante reacio a estas cosas por
ese mismo motivo, pero, hoy por hoy, tendrías que estar tú más asustada que yo.
-Ya… y lo cierto es que, mientras caminábamos, he enviado un
mensaje a mi madre para que sepa dónde estoy.
Después de decir aquello me di cuenta de que la vergüenza se
apoderaba de mi cuerpo otra vez. “¡Vergüenza, yo te expulso! ¡Sal de este
cuerpo!”.
-Eso está muy bien.- dijo cuando pudo parar de reír.
Las dos horas y media siguientes las pasamos hablando de
pintura, música, literatura, filosofía, ciencia, animalitos monos y esoterismo
mientras comíamos patatas con salsa noséqué.
Cuando la hora de despedirse interrumpió nuestras
disertaciones pude ver la tristeza en sus ojos, y espero que él la viese en los
míos; intercambiamos teléfonos y nos dimos un tímido abrazo.
Qué pena que sea todo ficción.
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