Lecciones de S. Larson: la vida


Erguido frente al río,
custodiando la ribera
siente,
oye,
habla,
otorga,
empañando la fina hierba;
la sangre seca en la corteza,
atrapa,
guarda,
el recuerdo
de sus años como viento y su juventud de fresno;
el moho de su tronco, no en vano,
en su humilde pensamiento,
lo salva de la lluvia,
le arranca el sufrimiento
de saber y conocer
la injusticia de la vida
que, al tiempo, nos olvida
y nos hace padecer.
Y parece que su suerte,
desgraciada,
solo le llevó a la muerte,
pero solo aquel que vio
su hoja enarbolada
por la rama encauzada
y la savia que corrió,
solo aquel que se sintió
abrazado por su sombra,
el que en las tardes de otoño
vio cómo el verde migró,
el que sus flores olió,
blancas, puras,
como la nieve,
solo el que allí aún espere
de sus hojas el frescor,
recordará su sonrisa,
tímidamente esbozada,
las hormigas a sus pies
y el fulgor de madrugada,
la melodía de su tronco,
las retahílas sin reproches
que aún se oyen a lo lejos
cuando,
lentamente,
cae la noche.

-Señor Larson, qué bonita poesía.- dijo el pequeño alienígena entrando de improviso en la sala.
-¿Me estabas espiando?
-No, no. Quería preguntarle algo y le he oído recitar. No pretendía molestar.
-Déjalo, no te preocupes.
-¿Cree que algún día podría enseñarme a hacer poesía?
-Eso no deberías pedírmelo a mí.

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