Lecciones de S. Larson: felicidad
-Hola, señor Larson,- dijo el pequeño alienígena enarbolando una piruleta que lo hacía extremadamente adorable- ¿cómo está?
-¿Que cómo estoy? ¿QUE CÓMO ESTOY? Te lo diré de la mejor manera que se me ocurre:
Desde que era pequeñito
la mano de Mala Suerte
me daba en la cara, fuerte,
bofetones infinitos.
Cuando daba la impresión
de que ya no estaba allí,
aparecía, ¡ay de mí!,
esperando en mi salón;
no había manera humana
de respirar en la tormenta,
y del agua turbulenta
escapar hacia el mañana.
Un día creí encontrar
una posada en mi camino,
una copa para mi vino
y un faro para mi mar,
mas, ¡Señor!, me equivocaba
y por poco me ato al mal
de ese ser disfuncional
al que el delirio me llevaba.
Sin embargo, y sin creerlo
un día como otro día
Felicidad aparecía.
¡Vivir hay que para verlo!
No sé bien si fue la luz
de la esperada primavera
o que espanto ya no era
el horario aquel, ¡mi cruz!,
mas donde tristeza había
y un ceño bien fruncido
y un labio alicaído,
gran sonrisa aparecía.
La Luna se tornó Sol
los murciélagos, gorriones,
los vencidos, campeones
y la Coca-Cola, alcohol;
no hubo abrazo que no diera,
no faltó la poesía,
¡jamás pensé que bailaría
esa música ochentera!
Aquel síndrome de amor
que fue ya monotonía
desde ese primer día
en el que empezó el dolor,
riesgo no había de entrañar
pues por perdido ya lo daba,
y a mí corazón no empujaba
ni un poco a palpitar.
Mis dudas ya están resueltas
y mi miedo, antes cautivo,
al fin ha muerto y yo ahora vivo
sin dar infinitas vueltas,
pues al heraldo portador
de dramáticas noticias
infestadas de malicia
lo despachó el enterrador
la noche en la que yo,
dejando atrás mis penas,
lo ahogué con las cadenas
con las que él mismo me ató.
-Me ha parecido interpretar que está usted bien, señor Larson.
-Has interpretado bien, sí.- dijo sonriendo mientras le acariciaba su pequeña cabeza verde.
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