Lecciones de S. Larson: el amor
Ardiente calor,
arena que quema
que se funde en mi cuerpo
que daña, que llena
al posarse los pasos
del corcel en los cerros
que bulle,
que corre,
que juega a ser viento,
que arrastra mi tiempo
en las vastas llanuras
buscando mi yerro,
clamor de Fortuna;
vibrar en la lucha,
galopar hacia el Sol,
(sentir, vivir),
(morir, volar),
llegar como un ave hasta el mar
y surcarlo sin temor,
no son fuerzas suficientes
para trocar mi destino
que me apela, que me implora,
que me muestra tu camino.
Empedradas avenidas,
enigmáticas plazuelas,
relojes en las fachadas
y nubes que sobrevuelan
las calles de aquel lugar,
que como el alba me llaman
en su brazo a cobijar,
no son en mi mente nada
salvo polvorientas fantasías
que se ocultan tras tu imagen
cuando muero en ti en la noche,
cuando muere en mí la tarde.
¡No hay en vida más lucero
que me guíe como al ciego
que tu soplo trasparente,
que tus manos en mi pelo!
¡No hay insidia de la vida
más cruel y corrosiva
que en mitad de nuestra andanza
se apague la luz del día
y no pueda ver tus ojos
acecharme sin pudor;
y como cría abandonada
ya no sienta tu calor!
-Es genial, señor Larson.
-¿Te ha gustado?
-Sí, mucho, mucho más que ninguna otra que me haya recitado.
-Pues me apena un poco que digas eso porque esta poesía no es mía.
-Ah, ¿no? Vaya... ¿de quién es?
-Esta poesía me la escribió una amiga llamada Be... da igual.
-¿Beh Panic?
-Sí, ¿la conoces?
-Claro, sé perfectamente que usted le entrega las poesías que hace para que ella las exponga en su blog.
-Hmm... va a resultar que eres más listo de lo que parece.
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