Hasta perder la cabeza

El escenario se iluminó de intensos colores cálidos mientras el humo caía por los bordes hacia el público. Cuando la cantante salió, vestida con un traje dorado lleno de lentejuelas y portando el micrófono en su mano derecha, los asistentes se pusieron en pie eufóricos, corearon su nombre, levantaron sus mediocres pancartas, lucieron sus frentes llenas de letras incomprensibles, intentaron llegar al escenario saltando por encima de las vallas de seguridad, se desmayaron, tiraron sus bebidas sobre el espectador de al lado, se subieron en los hombros del machito de turno, levantaron las luminosas pantallas de sus teléfonos móviles, besaron a su mejor amiga aprovechando la coyuntura, perdieron el abono y la cartera, fueron víctimas de la sustracción de su abrigo, se torcieron un tobillo, cantaron como un cuervo afónico el estribillo del "single" más oído en la radio, intentaron contarle -sin éxito- a su amigo lo que les pasó el otro día en el autobús, llamaron a su madre para decirle a voces que todo iba bien y que estarían en casa a las doce, sacaron un paquete de galletas para matar el ya gusanazo, miraron el reloj para ver cuánto quedaba para que aquella tortura a la que habían tenido que ir con su novia acabase, vomitaron sangre, dejaron sus cuencas oculares al aire, se tragaron sus lenguas, se arrancaron los cabellos, se despojaron de sus ya inútiles vestiduras, perdieron los miembros colgantes, seccionaron los torsos de los guardias de seguridad a bocados, expulsaron los pulmones por la boca al gritar "que empiece ya, que el público se va", regaron el suelo de excrementos e intestinos que habían salido a la par por el mismo orificio, estrangularon a los pipas con las tripas de sus semejantes, devoraron los dedos del técnico de luces, formaron una gran torre de cuerpos empapados en fluidos para llegar hasta la estructura metálica que sostenía la techumbre, se deslizaron por las cortinas hasta el escenario, reptaron por los suelos en busca de ADN de la artista, y se encaramaron, trepando con los dientes, a la espalda de los bailarines.

Por suerte, si se me permite decir que la hubo, el concierto era retransmitido en directo a medio mundo, por lo que las autoridades de los países más influyentes del globo ofrecieron su ayuda casi instantáneamente a la nación para impedir que "aquello" saliera del recinto ferial Vida Plena. 

No hicieron falta más de diez minutos para que los aledaños del recinto se vieran asolados por cientos de helicópteros, coches oficiales de alguien, efectivos equipados con casco, porra, escudo endeble, y AfterBite, tanques de "postureo", políticos con prismáticos jugando a las guerritas, y curiosos paseantes de los que aman el morbo más que el comer.

-¿Qué hacemos ahora, mi comandante?- preguntó un muchachito a un señor con aspecto de ser importante.

-Hay que eliminarlos a todos. Haremos una limpieza.

-Pero, señor, ahí dentro hay gente... viva. ¡Y está Tatiana Candy, la estrella del pop!

-Ahora no será más que un daño colateral.

Huelga decir que Tatiana murió aquel día, pero lo que sí merece la pena destacar es el cómo. Una cámara de televisión grabó la muerte de la artista y la retransmitió a todos los hogares del mundo, que pudieron observar todos aquellos cuerpos pútridos mientras cenaban, comían, desayunaban o hacían calceta, por lo que ya no sería un secreto para nadie: Tatiana, como buena profesional, se armó de valor y, con el lema "show must go on" en la mente, siguió con el espectáculo. Se mantuvo firme en el escenario, cantó, bailó, y emocionó a los cuerpos mortecinos chocándoles las manos- que ya estaban en el suelo o rodando por ahí- y ayudándolos a saltar desde la pasarela sobre el resto de asistentes, como hubiera hecho en cualquier otra ocasión. Cuando las fuerzas del orden entraron en el estadio portando mangueras de ácido clorhídrico y bombas de humo, ella, que era rubia pero no era tonta, se ocultó entre bastidores y cubrió su cara y su cuerpo con unos trajes de animadora que deberían haber salido en el número de "Bailando se entiende la gente". Con importantes quemaduras y una severa intoxicación, fue rescatada por los cuerpos de seguridad cuando ya la daban por muerta media hora después de la "limpieza"; la sacaron de allí entre vítores y aplausos, y dos fornidos bomberos la llevaron en brazos hasta la ambulancia. Las masas pensaron que ella se había salvado. Los soldados pensaron que se había salvado. Los policías, bomberos y enfermeros pensaron que se había salvado. ¡Yo pensé que se había salvado! Y lo más triste es que ella también pensó que se había salvado. Sin embargo, la tragedia, como siempre, acechaba a la vuelta de la esquina. Literalmente. Cuando los bomberos la acercaron a la ambulancia, que había aparcado en una calle cercana, y las cámaras grababan el heroico rescate de Tatiana, uno de los bomberos tropezó y la tiró al suelo. Pero nadie muere por caerse al suelo, a no ser que justo al lado haya una máquina trituradora de cadáveres- traída especialmente para acabar con los "pseudozombies" del concierto- y una de sus carísimas extensiones se quede enganchada en ella. Sí, la cabeza de Tatiana fue triturada en directo para todos los espectadores del mundo.


Y esta historia, como casi todas las que aquí aparecen, tiene una moraleja. Ahora bien, yo no sé cuál es. Si la descubrís, avisadme.





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