¡Cómo quema la llama del amor!

-¡Alto! Aunque seáis una hermosa damisela no tenéis permiso para atravesar estas puertas. ¿Sois consciente de que el príncipe Gumersindo tiene prohibido el paso a todo aquel que no sea de su guardia personal?

-¿Y sois vos consciente de que lleváis la cremallera del pantalón bajada?

Cuando el guardián de la puerta se miró la entrepierna para comprobar si era cierto que enseñaba sus partes más íntimas aproveché para asestarle un garrotazo en la sesera.

-Sois un necio, guardián- dije al cuerpo que yacía inconsciente-, ¡la cremallera aún no se ha inventado!

Me adentré en el majestuoso castillo portando como única defensa un garrote y una cuerda, que a punto estaba de dejar de serlo, y pude observar con estupefacción que la limpieza de las salas era mucho mayor de lo que yo esperaba, puesto que el príncipe Gumersindo también era conocido como Gumer el Diarreas. Las grandes oleadas de guardias que yo creía que me asediarían al entrar debían de haber sido convertidas por el brujo Aparicio en aire, puesto que yo no las vi por ningún lado. 

Busqué estancia por estancia el rastro de Gumersindo, y solo pude toparme con dos cocineros que enseguida echáronse a correr, un gato, tres ratones y el espíritu de no recuerdo qué miembro de la realeza decapitado allí hacía un siglo. Había estado intentando evitar bajar a los calabozos durante toda mi búsqueda, pero entendí que aquel era el momento de afrontar mis miedos y adentrarme en los Calabozos de la Tortura Eterna, tal y como las leyendas contaban que habían sido bautizados por quienes bajaron allí en calidad de reos. 
Descendí las escaleras que conducían a los oscuros calabozos temblando como una gelatina (como me había revelado el discípulo de Aparicio, que podía ver el futuro y sus deliciosos manjares), y, una vez entre las jaulas y las cadenas, pude apreciar la figura de un gran hombre calvo que estaba apoyado sobre una mesa de madera. 

-¡Es momento de afrontar vuestro destino, Gumersindo!- grité mientras levantaba mi garrote.

-Yo no soy Gumersindo. Soy Morgan LePoulet.

-¿LePoulet?-reí- Pues me da igual, habéis de morir.

-El príncipe Gumersindo me encargó que acabase con vos.

-E hizo bien, de lo contrario sospecharía yo que es disminuido y no podría matarlo. 

-Bueno... pues... os mato, ¿no?

-Ehm, sí. O sea, no. ¡Ahora os toca reuniros con el Maligno!

El gran calvo comenzó a caminar hacia mí con presteza y enarbolando un hacha de proporciones megalíticas, pero la rueda de la Fortuna aquel día giraba hacia el otro lado, de tal manera que se enredó con unas cadenas y cayó de bruces sobre su hacha. Murió al instante. 

Desincrusté el arma de su torso y la alcé sobre mi cabeza gritando: "Gumersindo, caeréis". Y debe de ser que aquel día mi rueda de la Fortuna sí giraba en el sentido correcto, porque al levantar el hacha golpeé una gran lámpara que se hallaba sobre mí, y el príncipe Gumersindo, que allí estaba aferrado como el cobarde que solía ser, cayó al suelo como las manzanas de Newton (como también me dijo el discípulo de Aparicio). 

-Gumersindo, preparaos para la muerte más dolorosa.

-No hay muerte más dolorosa que la muerte en vida.

-¿Qué decís, patán?

-Que no habéis de matarme, pues ya estoy muerto.

-No me confundáis con palabrería. ¿Lo queréis en la cabeza o en el torso?

-Me inspira indiferencia la muerte de mi cuerpo. Nada tiene sentido ya.

-A ver, Diarreas, que he venido a acabar con vos, he venido a exterminar vuestra deplorable existencia en este mundo que no merece algo tan detestable como sentiros respirar.

-Proceded, pues.

-Defendeos.

-Nada merece el hacerlo.

-Estáis alienado. Descansad y os mataré mañana.

-Mañana será igual, y dentro de mil años también. Mi alma está vacía.

-Gumersindo, por las llamas del dragón de los testículos de plata, ¿qué decís?

-El amor me ha asesinado antes que el odio.

-¿Amor? ¿Qué amor? Callad y matad.

-Mi espada solo podrá atravesar mi propio corazón cuando no haga más que rendirme.

-¡¿Queréis dejaros ya de florituras?! ¡La Muerte espera, pero no tanto! Sed valiente.

-Valiente soy al vivir con el peso del amor sobre mis hombros.

-¡Ñiiiiiiiiiiiiiiiiiii! ¡Santo cielo, Gumersindo, acabáis conmigo!

-Cuando el amor os alcanza con sus saetas doradas...

Antes de oír una palabra más tapé mis oídos con todas mis fuerzas y me escabullí a toda prisa de aquella nube de amor eterno mientras Gumersindo gritaba: "Piedad, Dios del fuego de amor".

Salí del castillo como un potro desbocado y me tropecé en mi huida con el guardián de la puerta, que me miraba como si le hubiese dado un garrotazo en la cabeza.

-¿Qué os dije, mi hermosa aunque violenta dama? El príncipe solo permite entrar a su guardia personal, por recomendación del Rey, que no quiere que la moral del pueblo se hunda.

-Entiendo, entiendo.

-¿Hacia dónde vais ahora que ya no tenéis un faro que seguir en vuestro mar?

-¿Que dónde voy? ¿QUE DÓNDE VOY? ¡Voy a buscar a esa dama y a traerla hasta aquí para que ese Gumersindo, hijo de mala madre, boñiga de cien mil dragones y aliento del troll más repugnante, cese en su mezquino llanto de una vez por todas! 

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