Pesadillas de hámster

El hámster corretea dentro de su jaula, cuando advierte que los barrotes que lo rodean son los dientes de un gato de color verde. Se hace una bola sobre sí mismo y en la oscuridad de su barriga observa dos pequeños puntos de color rojo. Los sigue sin pensarlo. Regularmente los puntos dejan de verse durante una décima de segundo. No le hace falta estar muy cerca de ellos para darse cuenta de que son dos ojos, dos ojillos rojos como el fuego. Dentro de sus pupilas se ven caras blancas llenas de manchas rojas. Entra en uno de ellos, el que menos presencias tiene, y lo atraviesa sin mirar a su alrededor para encontrarse, al final de este, con una casa. No tiene paredes ni techo. Al entrar en ella se descubre a sí mismo tumbado en el suelo, casi muerto, lleno de conos plateados clavados en la piel. Junto al cuerpo, en el suelo, hay una puerta. No sabe por qué, pero cruza esa puerta. Se halla, entonces, en mitad de una habitación muy poco iluminada en la que una lámpara redonda que no emite luz no deja de crecer. Es invisible, pero está ahí, y no deja de hacerse más y más grande. No cabe, pero sigue creciendo, pero no cabe, pero sigue creciendo, pero no cabe, pero sigue creciendo. Crece tanto que obliga a la habitación a hacer lo mismo. La estancia comienza a estirarse y el hámster con ella, con lo que, al poco tiempo, se parte en dos. Sus piernecitas caen a un pozo oscuro mientras que su torso sale despedido por una ventana para aterrizar en una gran ciudad inundada de rascacielos en la que apenas puede ver lo que ocurre a su alrededor. Su visión está borrosa y no puede levantarse, a pesar de que ya tiene piernas otra vez. Cuando, al fin, consigue ver, solo puede verse a sí mismo, en tercera persona, sentado en el asfalto, buscando con los ojos una forma clara en ese ajetreo de distorsiones. Vuelve a su cuerpo. Un gato con cuerpo de hombre y cara de hombre corre hacia él gritando "¡cogedlo!". El hámster se levanta despacio e intenta correr y saltar, pero no puede. Va demasiado lento. El gato le pisa los talones mientras que él parece estar pegado al suelo. Sorprendentemente no consigue alcanzarlo nunca. Nunca.   

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