Me dejaste sola

No ves, no quieres ver. Los argumentos te sobran cuando de justificarte se trata. Tus deseos se muestran claros a mis oídos pero confusos a mi razón.
Piensas fríamente, a veces. Hablas, sólo hablas. Nunca escuchas.
Cuando se iluminan tus palabras, te entiendo, te acepto. Me dices lo que sientes, y te creo. Las dudas se despejan. Estás conmigo, como aquel día.
Otras veces, cuando te llamo, no acudes. Me dejas, no estás. Contradices lo ya dicho. Te excusas, te escondes.
Mis opciones son huidizas. Se me escapan. Me niego a olvidarte, te busco. Me niego a buscarte, te olvido. Pero tú vuelves, algún día. Me llamas, y te sigo. Te sigo por ti. Te sigo por mí.  
No me oyes nunca. Y mucho menos me escuchas.
Te intento guiar, no lo permites. Te intento explicar cómo encontrarnos, pero no sé qué decir.
No me atrevo a contarte lo que sé. Tampoco lo entenderías. Lo negarías, tal y como ya has hecho.
Tú me guías, y yo lo permito. Me indicas cómo hacer para no ser tú.
Pero no me conoces. No sabes quién soy. Y cuando empiezas a descubrirlo se abre una brecha inusitada entre nosotros.
¿Dónde estás? ¿Por qué me miras, estático, sin decir nada? ¿Por qué, cuando lo doy todo por perdido, te acercas a mí y me dices que me quieres?
Acógeme o déjame marchar, pero no me hundas en este torbellino de dudas. Tú nunca dirás la verdad, porque no la sabes. Yo tampoco la sé, pero me esfuerzo en conocerla.
Vuelve, piensa. Olvídate de ti, piensa en mí como yo pienso en ti. Sufre por mí como yo sufro por ti. Así encontraremos nuestra verdad, la que nos llevará a lo que queremos.
En el fondo, nunca perdí la esperanza. 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?