Historia de un blog (o el último Ssssssh que ya no tiene sentido)

Este blog se creó en 2010 y, desde entonces, ha pasado infinitas noches en el corredor de la muerte. «Pero ciérralo, chica, si nadie lo lee». Lo cierto es que ni yo misma lo hago. Pero cuando coloco el cursor sobre la opción «eliminar blog» me posee un espíritu casi bíblico —como si yo supiese mucho de eso, ya ves tú— y me siento como Abraham levantando el puñal. «Ahora es cuando viene un ángel a sujetarme la mano, ¿verdad?». Y el bloguecito me mira con ojos de cordero —aún sin degollar— y con la voz de Isaac me dice «madre, ¿por qué me haces esto?».

Y yo no puedo, claro. No puedo. He crecido en este rincón de Internet y, precisamente desde aquí, también he visto a Internet crecer. Nos hemos cogido de la mano mientras dábamos nuestros primeros pasos y decidíamos que, sin lugar a dudas, los memes de Cuánto Cabrón no daban nada de cringe. También hemos balbuceado la palabra «meme» hasta darle forma. Y «cringe». Hemos visto esos vídeos que no queríamos ver, escatológicos y macabros, que nos han insensibilizado y que, por el bien de nuestra salud mental, preferiríamos no haber descubierto. Hemos destapado a decenas de pervertidos en Omegle y en todas partes —porque están en todas partes—. Nos hemos reído viendo Cómo los animales comen su comida porque, entonces, nos parecía el vídeo más divertido de la historia. Recordamos cada palabra de esos youtubers que ahora tenemos canceladísimos y, de vez en cuando, aún gritamos «flechipolla» como si tuviese algún significado. La semana pasada hablé con alguien sobre Nyan Cat y, de algún modo, aún parecía mínimamente relevante. Qué cosas.

Si yo he visto lo mejor y lo peor de Internet, él también ha visto lo mejor y lo peor de mí. Este blog me ha convertido en escritora. No sé si es un efecto mariposa o, simplemente, casualidad, pero de no haber abierto este antro no habría publicado jamás. Comencé a escribir en Tuenti —porque yo tiendo a usar las redes sociales como me da la gana—, intercalando historias absurdas con dibujos de mis fursonas de My Little Pony y, un par de años después, aterricé por aquí. Creo recordar que descubrí Blogger durante el instituto pero, si soy sincera, me es imposible saber de dónde salió esa idea tan peregrina. Me traje conmigo mi apodo de siempre y le di un aire distinto: «Beh Panic». Qué guay, ¿no? Porque Panic! at the Disco es el mejor grupo del mundo. Y de ahí al infinito.

En 2012 y 2013 el blog se desparramó. ¡La victoria! ¡La debacle! ¡Todo! Y es que, claro, estaba enamorada. Este lugar se convirtió en mi diario de amor y desamor, como las cartas del joven Werther pero sin un suicidio al final —por poco—. Y hablé de amigos, de ex-amigos, de todos esos sueños que no he llegado a cumplir, de Eurovisión, de mis miedos y, sobre todo, de TruLuv. Del Prince Charming. De mi primerísima historia de amor. De la gran apuesta fallida en el casino más fraudulento del barrio. Fui con todo, empeñé hasta los empastes y jugué con la peor mano posible. La baraja estaba trucada y al croupier le habían pasado unas cuantas cartas de más por debajo de la mesa. No pretendí marcarme ningún farol, pensando que trataba con jugadores y no tahúres, así que, claro, cuando no me quedó un céntimo que apostar me sacaron a patadas del local. Y lo agradezco porque, a fin de cuentas, no me hacía ningún bien estar allí. Durante aquellos años me quedé sin nada, ludópata y avergonzada, ocultando infinitos atropellos y la eterna sensación de que todo iba mal. Como ocurre siempre que se destapa algo así, tuve que enfrentarlo sola. La gente se desentendió. «Es que tú para qué te metes en un casino si ya sabes lo que hay». «Pues a mí ese local no me parece tan chungo, nunca me han hablado mal de él».

Y en 2020 tocó volver a empezar. «Recomponte, recupera lo que es tuyo, sonríe y produce». Joder, qué difícil. «Medícate pero no mucho». Bueno, el médico me irá diciendo. «La pandemia no ha sido para tanto. Mírame, yo estoy perfectamente». Me alegro, Jose Carlos. «Es que te tomas todo muy a la tremenda». Eso mismo dice mi madre. «Solo tienes que relajarte. No pienses tanto». Lo hago a propósito. «A estas alturas deberías estar mejor». Gracias por fiscalizar mi recuperación.

Hasta 2021 no dejé de llorar. Un buen día mi cerebro terminó por cortocircuitar, exhausto y dolorido: «a partir de hoy ya no lloraremos más. Ni una lágrima por este asunto. No lo merece». Y así fue. Y se acabó el tormento tal y como había aparecido: sin previo aviso. Me quedó alguna pesadilla —aún me quedan— y unos cuantos recuerdos diseminados de días divertidos. Me esforcé en borrarlo todo, en deshacerme de cada pequeño detalle que pudiese devolverme imágenes de aquel tiempo, sobre todo las buenas, porque me había decidido a almacenar en mi cabeza únicamente las peores vivencias. Ninguna almohada olía raro ni nadie tenía la mente conectada*. Solo dejé la violencia, los gritos, las humillaciones públicas y las amenazas flagrantes. Como debía ser.

Y después llegaron los buenos inviernos —no tenía ni idea de que el invierno podía ser una época disfrutable—. Me creció el pelo y lo teñí de negro. Cambié medio armario y me hice con unas deportivas blancas de Hello Kitty. Mis figuras de Hatsune Miku se reprodujeron. Leí, publiqué, vendí mis ilustraciones online, gané el dinero suficiente como para comprar mi libertad y me hice con esas vitrinas tan bonitas que siempre había soñado. Pude darle un espacio a todas esas cosas que supuestamente no debía tener y que, al fin, se exhibían con orgullo. Aprendí a cocinar. Pinté, arreglé, monté, desmonté, me aseguré de saber todo lo necesario sobre grifos, cisternas, tuberías, calefacciones, cerraduras, bisagras, facturas, contratos, bancos, intereses, notarios y demás materias de interés. Luché por la independencia en un ambiente nada favorable y, con un poquito de Rust-eze —y una ingente cantidad de suerte—, lo conseguí.

Me imagino que para que las nuevas etapas comiencen las antiguas deben terminar. Panic! at the Disco se han retirado este año. Qué vacío tan desolador, ¿verdad? Desde 2006 habían formado parte de mi vida y, de repente, ya no están. Aunque yo siga siendo Beh Panic y aunque todos sus discos me miren desde la estantería durante el resto de mis días, ya no están. La gente con la que hablo no conoce a Charlie the Unicorn. Ni a las Llamas con Sombrero. Ni siquiera a Harambe, que cascó hace dos días, como quien dice. Nadie recuerda Vine. Ni me entienden si les digo «look at my horse, my horse is amazing». Hay quienes conocen a Loulogio como Isaac Sánchez, el dibujante de cómics. Y otros, con quienes compartí la graduación en la universidad, el primer intento de conducir, la llegada de mi perro cuando aún era un cachorro, las primeras noches que salí hasta tarde o mi primer beso, aquellos con quienes crecí y en quienes puse toda mi esperanza tampoco se acuerdan de nada. Y está bien. Hace años me aterraba tener que dejar marchar pero parece que ya lo he aprendido. A la fuerza, como con todo. Pero lo he aprendido.

He cambiado un poco este sitio una lavadita de cara para celebrar los nuevos comienzos— y he recuperado la foto de perfil de Tuenti: el nerd muffin. A lo mejor me dedico durante un tiempo a rebautizar a mis fursonas, a rediseñarlas, y a traer de vuelta lo poco que aprecio del pasado para restaurarlo y que me acompañe mientras la situación lo permita. Quizá mañana también deba dejarlo atrás. Yo qué sé. Pero ahora que he abandonado los casinos infectos para dedicarme a las apuestas más seguras, no estaría mal disfrutar un poco. Total, todo eso de ocultar a los ojos indiscretos lo que escribo ya está muy pasado de moda.



*Hacía tantísimo tiempo desde la última vez que pensé en esto que se siente como un sueño de la infancia. Ese sueño mitad real y mitad inventado que, de alguna forma, te hace dudar de tus propios recuerdos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?