Palomafobia
¿Por qué motivo siempre que alguien encontraba
un cadáver en aquel pueblo había una paloma caminando sobre el
cuerpo? ¡Incluso cuando ese tal Brandon Smith apareció flotando en
el río una de esas ratas del aire estaba posada en su espalda!
“Querrán comer la carne” decía
el Sheriff; “desde que tiramos las basuras pestilentes al solar de
los McReady ya no hay mugre que picotear. Ese es el motivo”. Cuando
Alan hablaba todo el mundo asentía, pero nadie se convencía.
-Las palomas están matando gente.
Siempre tienen las patas llenas de sangre.
-Claro, pero eso es por posarse en
los cuerpos, no porque los hayan asesinado ellas.
-¿Conoces tú a muchos asesinos de
aquí? La gente muere pero no hay criminales.
-Hay un psicópata entre nosotros, y
podría ser cualquiera -se revolvió Marty.
-La paloma negra gorda. Esa es.
-Estáis como cabras, de verdad.
Llevo toda la vida trabajando en la panadería y jamás ha pasado
nada raro.
-Estoy de acuerdo contigo,
Margarett.
-¿Lo de la hija del pocero no te
pareció raro, acaso?
-Vamos, Ron, fue un accidente.
-Sí, todo el mundo se cae del
puente por accidente; todo el mundo salta una valla de dos metros por
accidente.
-A saber cómo fue, tú no lo viste.
-¿Tú sí? ¡No! Pero sí vimos
todos los que estamos aquí a media docena de palomas rodeando el
cadáver y mirándonos con cara de psicópatas.
-Anda, ahora resulta que las palomas
son psicópatas. Se os está yendo de las manos esto...
Una paloma de color claro voló
sobre sus cabezas y se posó sobre el buzón de correos.
-Ahí está –susurró-, haced como
si estuviéramos hablando de otra cosa.
-Esto ya es el colmo –gritó-. ¡A
ver, palomas del pueblo, se dice que sois asesinas! Si de verdad lo
sois, os reto a que me picoteéis hasta morir.
El silencio se hizo en aquella
plaza. Alguna contraventana chocaba en las casas superiores y un
trozo de plástico rodaba torpemente entre unos matojos.
-Hala, si mañana aparezco muerto os
daré la razón desde el infierno o, mejor dicho, dejaré el túnel
de la luz para otro momento y me quedaré en este mundo eternamente
para admitir mi error.
-No sabes lo que has hecho, inútil
–murmuró entre dientes.
-Mañana os veré las caras,
chamanes paletos. Y dormiré con la ventana abierta; toda facilidad
es poca.
-Recuerda a Mary, Thomas, Clancy,
Megan, Brandon, Will y Anne antes de hacerlo.
-¡Accidentes, todo fueron
accidentes! Caídas, golpes inesperados...
-Picotazos en los ojos.
-Eso fue después de morir,
listilla.
-Díselo a Alice.
-Esa mujer va de forense, pero
seguro que ganó el título en el Tiro de la Herradura.
-Claro, como tú el de Ciudadano con
Sentido Común.
-Mira, te la estás ganando...
-Shhh... –tembló Marty- eso es lo
que quieren, que nos dividamos para poder matarnos antes...
-Ya he oído suficiente por hoy. Me
voy a mi casa, a rezar para que esas palomas me coman vivo y pueda
dejar de escuchar majaderías.
La noche fría y seca cayó sobre
aquel pequeño pueblo como una pluma desde el cielo: lenta pero
continuamente, con un vaivén danzarín aterrador. El tiempo
transcurrió sin pararse a mirar si algo perturbaba la tranquilidad
de los vecinos; el silencio reinó en cada calle, cada esquina.
El joven Dan no abrió los ojos en
toda la noche y, aunque lo hubiera hecho, no habría podido
reaccionar ante lo que tenía que ocurrir; él mismo provocó con su
soberbia a lo inexplicable. Fue por ese mismo motivo por el que,
aquella misma mañana, en la puerta de su casa, Dan halló los
cadáveres de sus cuarenta y seis vecinos, todos apilados,
picoteados, algunos casi destripados, y todos apenas reconocibles.
Convencido o no de lo que allí
había ocurrido, pisoteó los cadáveres del Sheriff y la tendera
para poder salir y respirar aire no–pútrido en la avenida
principal.
Dos minutos después, un grupo de
palomas lo observó fríamente mientras huía despavorido del pueblo
en dirección a Tremaine.; lo que él no sabía es que ellas lo
esperaban allí.
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