Mala suerte

Yo sé lo que tú deseas. Te encantaría despertar una mañana de verano, sentir el aire húmedo y, al girarte en la gran cama del apartamento, encontrarme allí, durmiendo a tu lado. Yo abriría los ojos lentamente al sentir tus movimientos y miraría los tuyos, en silencio, con una sonrisa dibujada en los labios. Jamás alguien te ha mirado así, con esa ternura... Entonces nos revolveríamos entre las sábanas, jugueteando, desperezando esos dos cuerpos que, un minuto antes, se hallaban en un profundo sueño para acabar abrazándonos mientras el sonido de las olas invade nuestra habitación. Te dejaría en la terraza admirando el mar y bajaría a la cocina a preparar tostadas y algo de zumo para los dos; sé que te encantaría que alguien como yo hiciera algo así por ti. Puede que saliéramos de compras temprano por el paseo marítimo y acabásemos tomando una copa en una terraza a los pies de la playa. Pero lo mejor llegaría con la puesta de sol: nos ducharíamos juntos para salir a cenar y a bailar al restaurante que te llamó la atención esa misma mañana, cuando salimos a pasear. Tú nunca has bailado, incluso crees que no sabes hacerlo, pero si te pidiera salir a la pista no podrías decirme que no; mi piel se vería aún más dorada bajo las luces del local. Acabaríamos derrotados, invadidos por esa risa de la una de la mañana, que no es una risa verdadera sino una convulsión involuntaria que nos lleva al éxtasis. Pero tu mayor felicidad vendría al mirarme a los ojos, al cogerme de la mano y, en un impulso improvisado, llevarme a la orilla del mar a bañarnos arropados por el reflejo de la luna ayer llena. Mi sonrisa lo pagaría todo: el dolor, el sufrimiento, la frustración, la impotencia. Todo; no quedaría deuda alguna y entonces, y solo entonces, todos aquellos años habrían valido la pena. 

Yo sé lo que tú deseas.

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