Todo es culpa mía.

Aquella noche, cuando el mundo pareció bifurcarse ante mis ojos, supe que debía escoger, o lo perdería todo. Siempre había sabido que mis malas decisiones me llevarían a destruir todo lo que tanto tiempo me había llevado conseguir, y en este caso parecía inevitable.
Sus últimas palabras se asemejaron a un firme ultimátum.
Daba la sensación de que, por momentos, lo perdía sin posibilidad de recuperarlo.
No sabía qué hacer.
No sabía qué decir.
No sabía qué camino escoger.

Llevaba días retrasando el momento de enfrentarme a mis miedos. Era consciente de que se me vendrían encima en un período no muy largo de tiempo, pero la realidad era demasiado cruda.

La opción más razonable era la de contar la verdad, poner las cartas sobre la mesa, como se suele decir, pero, como también se sabe, apostar implica la posibilidad de perder.
El hecho de narrar detalladamente una historia incompleta, mostrando las más pueriles debilidades, las tristezas más vergonzosas y las preocupaciones dignas de un loco, no daba tampoco la seguridad de que la partida estuviera ganada. Es más, parecía un juego absurdo destinado al fracaso.

La otra opción era descartarme, plantarme y perder, igualmente, lo apostado.

Cegada por la impotencia, decidí hablar, decidí contarlo todo. Me arrepentí al segundo.




(Siempre supe que yo lo destruiría. Todo es culpa mía.)

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