Memorias de S. Larson
Lo recuerdo como si estuviera aquí. El abrigo marrón colgaba de su percha en la pared junto al armario. Cuando mi madre no estaba, yo pasaba silencioso por el pasillo para dirigirme a mi habitación y lo observaba. Me daba la impresión de que había un ente oscuro con forma humana en aquel cuarto.
Siempre que recorría el pasillo y veía aquel cuerpo antropomorfo, con sus brazos, sus hombros; no podía dejar de pensar que me vigilaba. Recuerdo perfectamente que, un día, le comenté esto a mi madre. Rió, y, como de costumbre, dejó su abrigo en aquella percha. Días más tarde, estando solo en casa, tras levantarme dejé mi almohada sobre la cabecera de la cama de mi hermano porque mi cama estaba oculta en un mueble, y al cerrarla, era necesario sacar la almohada para echar el cerrojo de seguridad. El día transcurrió tedioso, espeso, recalcitrante; hasta la noche. Cuando abrí mi cama, me dirigí, seguro de mí mismo, hacia la cama de mi hermano para coger mi almohada, y hete aquí que el vaporoso cojín no estaba. Giré la cabeza en ambas direcciones y lo encontré a los pies de la cama. Hasta donde yo sabía los objetos inanimados no se movían solos, sin que una fuerza los empujara. Fue el abrigo. Estoy seguro. Me odiaba. Él y la casa. Me odiaban.
Con el tiempo he encontrado respuesta a este misterio: fueron los espíritus de las ardillas que el anterior dueño de la casa tenía disecadas en las baldas de las estanterías. Eran juguetonas.
Sin embargo, aunque el abrigo fuera declarado inocente con el paso del tiempo, se le acusa de otros "delitos". Era tan sospechoso... ahí, mirándome fijamente. Parecía que mi madre lo hubiera puesto para espiarme, como si creyera que todos los chicos de 18 años se pasaban la vida practicando la inmoralidad. He de añadir, que yo no era uno de ellos, con lo que el abrigo me espiaba por gusto.
Algunas veces, sentí la tentación de hacerlo jirones con unas grandes tijeras de cocina. Me imaginaba enarbolando enfurecido las tijeras rojas que mi madre guardaba en el tercer cajón, y destrozando el abrigo con saña, gritando de desesperación, blasfemando, y liberando mi alma.
Sin embargo, ya fueran el abrigo, las ardillas juguetonas, las sombras diurnas (y las nocturnas), el recuerdo de mis difuntas mascotas, el ambiente de desesperación, desengaño, demencia; la frustración materializada en pensamientos sobrenaturales, los tratados remanentes de parapsicología en mi memoria, las novelas escalofriantes que solo podía leer a plena luz del día, las canciones al estilo "lullaby", las imágenes de las películas que me hubiera gustado olvidar, o mi desequilibrio natural producto de una vida dolorosa y turbulenta; aquella casa no me inspiraba la comodidad y seguridad suficientes como para añorarla cuando estaba lejos. Sí es cierto que, cuando me encontraba en lugares poco tranquilos, la llamada de la "paz" en la casa de uno mismo, me llegaba con mucha intensidad; pero tanta desazón, tanto miedo, pasaron a formar parte de la vida del lugar, de su paredes, de sus memorias, como si de un niño al que todo le hace mella se tratase; que jamás llegué a estar a gusto con ella. Lo peor es que ella lo sabía, y aún lo sabe.
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