Cuarto de Libra con Queso

La ducha está goteando. Me levanto para ver qué ocurre y de repente te veo. Ahí estás, tirada en el suelo, apenas respirando y con los ojos entrecerrados. Me acerco a ti. Parece que no me ves. Meto la mano en tu jaula y te doy unos toquecitos con el dedo. Te asustas, te inquietas. Te retuerces sobre ti misma con las patas hacia arriba, como si fueras a ser capaz de defenderte de mí. Cojo tu jaula y la llevo conmigo. Te dejo a mi lado mientras toco el piano y de vez en cuando te miro y compruebo que sigues respirando. Te levantas. Comienzas a temblar , a desestabilizarte, tus patas no aguantan más, no te quedan fuerzas. Te arrastras. Paras algunos minutos para descansar. Vuelves a levantarte, tu patas flaquean y te caes. Sigues arrastrándote. "Cierra los ojos" te digo, "ciérralos y duerme, y todo acabará. Te lo prometo" balbuceo. No me haces caso, y mueves tu inflamado cuerpo unos centímetros hasta que no puedes más.

Pongo música. Parece que Always de Panic at the Disco te tranquiliza. O quizá es que tu agonía pesa demasiado. "No puedo hacer nada más", digo "dime qué puedo hacer". Te arrastras. "Dime a dónde quieres ir y yo te llevaré, pero deja de temblar, deja de arrastrarte" grito. Te tumbas y dejas a tus lánguidas patas descansar. Desde aquí puedo ver el brillo de tus ojos.

Tengo hambre pero no me apetece comer, aun así es la hora, por lo que voy a la cocina a tomar algo. Mi estómago ruge, y según voy comiendo me siento mejor. Cuando quiero darme cuenta, ha pasado ya una hora. Voy a verte. Tus ojos están ahora prácticamente cerrados y tu respiración es cada vez más lenta y costosa. Te miro, pero tú no me miras, parece que esperas con impaciencia que todo acabe. "Ya no falta nada" te digo. Sigues sin mirarme. "¿Recuerdas aquel día en que te escapaste de la jaula y te caíste al suelo?" río, "¿eh?".

Decido cogerte por última vez en mis manos, aunque me da miedo hacerlo. Me da miedo que tu pequeño cuerpo esté hinchado, o blando, o demasiado duro. Temo que no esté como siempre, suave y caliente. Meto la mano en la jaula y te agarro. No te mueves. Tengo que arrastrarte para poder cogerte. Tu cuerpo está muerto y frío, muy frío. Tengo que dejarte, te inquietas y revuelves con torpeza y lentitud. Vuelves a tu jaula y cierro la portezuela. Aún siento tu gélido cuerpo en mi mano.

Y ahí estás, luchando por respirar y morir a la vez, con la mirada perdida y la boca entreabierta, sabiendo que mañana no volveremos a vernos.

Comentarios

  1. Siento lo de tu mascota.

    Un saludo, Eser.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias. En fin, estas cosas pasan. Menos mal que ya no va a sufrir más (aunque parezca que no, eso me reconforta XD).

      Beh.

      Eliminar

Publicar un comentario

Elige tu comentario sabiamente...

Entradas populares de este blog

Si no puedes cantarlas, critícalas I

Mentalidad borrosa

¿Es aquello una luz?