Misa tardía a mi queridísima cobaya Lincoln. Capítulo I
(Marcha fúnebre)
Hoy vamos a despedir a Lincoln, que en paz descanse, que nos dejó el 31 de diciembre del año 2009 para acudir a la llamada del Dios de las cobayas y reposar eternamente en el edén.
Lincoln, fuiste más que mi mascota, fuiste mi amiga. Eras la primera en darme los buenos días por la mañana y en despedirte de mí por las noches.
Fuiste también mi confesora particular a la que he contado cosas que no le he contado a nadie. Y ya sé que tú no me escuchabas ni me entendías ni me querías ni te importaba una carajo lo que te estaba contando, pero supiste atenderme sin rechistar y mirarme cuando te hablaba y aunque la única solución que me proponías era lamerme las manos y luego restregármelas por la cara, al menos lo intentaste.
El día antes de tu trágico fallecimiento yo sabía que debía despedirme de ti, que nada es eterno y que tu salud ya no era la misma que al principio cuando jugábamos al calientamanos y escuchábamos a Green Day. Pero no me despedí. En estos días de luto continuo pienso que no debí haberte puesto el nombre de un presidente asesinado, por eso, a lo mejor sin saberlo, los días anteriores a tu muerte comencé a llamarte mini-chef.
Hoy vamos a despedir a Lincoln, que en paz descanse, que nos dejó el 31 de diciembre del año 2009 para acudir a la llamada del Dios de las cobayas y reposar eternamente en el edén.
Lincoln, fuiste más que mi mascota, fuiste mi amiga. Eras la primera en darme los buenos días por la mañana y en despedirte de mí por las noches.
Fuiste también mi confesora particular a la que he contado cosas que no le he contado a nadie. Y ya sé que tú no me escuchabas ni me entendías ni me querías ni te importaba una carajo lo que te estaba contando, pero supiste atenderme sin rechistar y mirarme cuando te hablaba y aunque la única solución que me proponías era lamerme las manos y luego restregármelas por la cara, al menos lo intentaste.
El día antes de tu trágico fallecimiento yo sabía que debía despedirme de ti, que nada es eterno y que tu salud ya no era la misma que al principio cuando jugábamos al calientamanos y escuchábamos a Green Day. Pero no me despedí. En estos días de luto continuo pienso que no debí haberte puesto el nombre de un presidente asesinado, por eso, a lo mejor sin saberlo, los días anteriores a tu muerte comencé a llamarte mini-chef.
Comentarios
Publicar un comentario
Elige tu comentario sabiamente...